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23/2/08

LOS CONVIDADOS DE AGOSTO.

El rompimiento fue aquella madrugada mucho más ruidoso de lo que ninguno de los presentes era capaz de recordar. Las cámaras estallaban, los cohetes ascendían con su estela de pólvora ardiendo o zigzagueaban amenazadoramente entre los pies de la multitud. Las matracas, los silbatos de agua eran propiedad exclusiva de los niños, quienes se desquitaban—promoviendo todo el alboroto posible—de las prohibiciones cotidianas.

Las marimbas de los distintos barrios (renombradas y anónimas) desgranaban al unísono lo mejor de su repertorio: algunos sones tradicionales, el vals o la danza imprescindible y las melodías de moda, inidentificables en su adaptación a un instrumento no propicio y a una interpretación heterodoxa. Cada una trataba de anular el sonido de las demás, pero como no era posible por la opacidad acústica de la madera, la exasperación se convertía en un aceleramiento del ritmo, en un vértigo de velocidad que inundaba de sudor la frente, las axilas, los omoplatos de los ejecutantes, dibujando caprichosas manchas sobre sus camisas flojas de sedalina.

La gente reía; los hombres con sabrosura, sin disimulo; los mujeres a medias, ocultando los labios bajo el fichú de lana o el chal de tul o el rebozo de algodón, según si eran señoras respetables, solteras de buena familia o artesanas, placeras y criadas.

El gran portón de la iglesia estaba abierto de par en par. Así resaltaba mejor la reja de papel de china que las manos diligentes de los afiliados a las congregaciones, habían labrado durante la semana anterior. Filigranas inverosímiles por su fragilidad se sostenían gracias a oportunos pegotes de cera cantul. Cada figura era un símbolo: iniciales religiosas, dibujos de ornamentos litúrgicos, representaciones sagradas. Alrededor una leyenda lo abarcaba todo "¡Viva Santo Domingo de Guzmán, patrón del pueblo!"

El pueblo se impacientaba. ¿Por qué tardan tanto los sacerdotes para revestirse? Los que iban a comulgar habían comenzado a sentir un ligero vahído de hambre y miraban con codicia los termos llenos de chocolate que arrullaban las ancianas, experimentadas en estos trances.

Por fin la campana mayor sonó; un sonido grave, único, propio de su tamaño y de su carácter solemne. Era como una orden para que las otras se desencadenaran: ágiles, traviesas, llamando a la complicidad a los templos de los otros rumbos: primero fue San Sebastián, orgulloso de su prontitud. Después Guadalupe, inaudible casi de tan lejano. La Cruz Grande, como avergonzada de su insignificancia. La iglesia de Jesús, céntrica, pero debido a alguna causa oculta, sin párroco y sin asistentes que la frecuentasen. San José, colmada de los donativos de las mejores familias. San Caralampio, que siempre quería sobrepujar a todos en esplendidez y que al aviso respondía con la puesta en movimiento de una peregrinación en la que cada uno llevaba el cirio de más peso, la palma de más tamaño, el manojo de flores de mayor opulencia Y por último, el Calvario, que no sabía doblar más que a difuntos.

Fue la campanada fúnebre, tan familiar, la que rompió el delgado hilo de somnolencia al que aún se asía Emelina. Desde el principio de la algazara sintió amenazados sus ensueños y se aferró a ellos apretando los párpados, respirando con amplitud pausada. Sus labios balbucieron una palabra cariñosa:

—Cutushito . . . mientras estrechaba entre sus brazos, con el abandono que sólo da la costumbre, su propia almohada.

Las imágenes que cruzaban la mente de Emelina eran confusas. Se veía en San Cristóbal, en el sórdido cuarto de hotel donde en alguna ocasión se había alojado con su hermana, en el viaje memorable (por único) que ambas emprendieron a la ciudad vecina. Recordaba los pisos de madera, rechinantes y no muy seguros; las camas de latón (con el centro hundido por el peso de los sucesivos huéspedes) cuyas cobijas y sábanas examinó Ester con una minuciosidad anhelosa de hallar motivo a la repugnancia. El papel tapiz desgarrado a trechos, desteñido siempre; y el cielorraso que se abultaba imprevisiblemente, mancillado por la humedad. Ester insistía, al borde de un ataque de histeria, en que la causa no podía ser tan innocua: eran las ratas, los tlacuaches que habitaban el tapanco, los que así habían ensuciado aquella tela con sus deyecciones. Y toda la noche acechó inútilmente la presencia de los animales.

Sin embargo, la habitación aparecía transfigurada en el sueño de Emelina. Por lo pronto—¡qué alivio!— estaba sola. No, sola precisamente no. Faltaba Ester pero sentía la respiración de alguien allí. Alguien cuyo rostro no alcanzaba a distinguir y cuyo cuerpo no cuajaba en una forma definida. Era más bien una especie de exaltación, de plenitud, de sangre caliente y rápida cantando en las venas. Era un hombre.

Al despertar Emelina arrojó lejos de sí, colérica, la almohada que había estado estrechando. ¡Lana apestosa, forro viejo, funda remendada! ¿Cómo se había atrevido a sustituir a la otra imagen que aún no terminaba de desvanecerse? Estuvo a punto de estallar en lágrimas; pero la alcoba, invadida de pronto por los rumores alegres de la calle, obligó a Emelina a recordar que era día de fiesta y que esa fiesta era el vértice en que confluían sus ilusiones, sus esperanzas y sus preparativos de un año entero.

Acabó de animarla la entrada de la salera con una charola en que humeaba un pocillo de café recién hecho y un pequeño cesto de pan cubierto con una servilleta impecable. Emelina contempló a la muchacha que la servía; poco a poco había ido perdiendo su rudeza inicial para aprender las costumbres de la casa. No había traído un pocillo cualquiera, sino el suyo, el que tenía un filo dorado en los bordes y su nombre escrito, con enrevesadas letras, entre una profusión de azules nomeolvides.

—Es un recuerdo de mi abuela—explicó por centésima vez a la criada, mientras sorbía el primer trago.—Como me llamo igual que ella, heredé sus cosas.

La salera asintió con una cortesía ausente. Pensaba si sus fustanes se habrían secado con el sereno de la noche.

—¿Tú también vas a pasear hoy? —le preguntó Emelina, mientras mordisqueaba una rosquilla chuja.

—Sí, niña —respondió la otra ruborizada—. Ya tengo permiso.

—¿Vas a los toros?

La muchacha hizo un gesto negativo y triste. Sus ahorros no eran bastantes más que para asistir a la kermesse.

—Dicen que los toreros son buenos este año—prosiguió Emelina, indiferente a la respuesta de su interlocutora—. Tienen que lucirse. Porque últimamente no nos mandan más que sobras.

Emelina depositó con cuidado la taza sobre el plato. Recordaba, con una especie de resentimiento, la feria anterior. No es que los toreros fueran buenos ni malos. Es que no habían sido toreros sino toreras. ¡Habráse visto! Los hombres estaban encantados, naturalmente, con el vuelo que se dieron. Pero ¿y las muchachas? Había sido una decepción, una burla. ¡Cuántas, repasó Emelina mientras se limpiaba con cuidado las comisuras de la boca, cuántas esperaron esta oportunidad anual para quitarse de encima el peso de una soltería que se iba convirtiendo en irremediable! Muchachas de los barrios, claro, que no tenían mucha honra que perder y ningún apellido que salvaguardar. ¡Y qué descaradas eran, Dios mío! Andaban a los cuatro vientos pregonando (con sus ademanes, con sus risas altas, con sus escotes) que se les quemaba la miel. Como la Estambul, por ejemplo, que se ganó el apodo a causa de sus enormes ojeras que ninguno admitía como artificiales. O como la Casquitos de Venado, que taconeaba por las calles solitarias, a deshoras de la noche.

—Llévatelo todo —ordenó Emelina a la sirvienta, quien se apresuró a obedecer.

De nuevo a solas, con el estómago asentado por el refrigerio, Emelina se arrellanó en la cama y clavó la vista en el techo. ¡Qué raros le parecían hoy los objetos de los que no recordaba siquiera cuando los había empezado a usar! Esa lámpara de porcelana, con sus flores pintadas y una leve resquebrajadura en el centro . . .

—Cuando era yo una indizuela les presumía yo a mis amigas de que las cadenas eran de oro. Brillaban mucho entonces. Ay, malhaya esos tiempos.

Ahora las cadenas estaban completamente enmohecidas.

—Y es un trabajo delicado limpiarlas. Hay que buscar quien lo sepa hacer.

Desde luego ella no. Era una señorita decente, lo cual la eximía lo mismo de las tareas difíciles que de los peligros a que se hallaban expuestas las otras, las de los barrios, las de las orilladas.

—Todos los años el señor Cura lo repite en su sermón. ¿Qué se sacan con andar loqueando? Que algún extranjero, de los que vienen a la feria, les tenga lástima, se las lleve a San Cristóbal y, después de abusar de ellas, las deje tiradas allá. Y se regresan tan campantes como si hubieran hecho una gracia. Las debían de apalear. Pero los padres, los hermanos son unos naguilones, unos alcahuetes. Más bien son ellas las que se encierran, para disimular un poco, hasta que nace su hijo. Cuando vuelven a asomar no son ni su sombra. Están sosegadas, como si ya hubiera pasado su corazón.

¿Qué hacia ahora la Estambul? Su niño iba a la doctrina y ella regenteaba un taller de costura. No cortaba mal los vestidos, pero tampoco era cuestión de solaparla sus sinvergüenzadas dándole trabajo. No, todavía no la habían sobajado lo suficiente. Tal vez para el otro año le encargaría una blusa.

La Casquitos de Venado no se quedó conforme con San Cristóbal y siguió hasta México, a correr borrasca. Nadie volvió a saber de ella. ¡Qué risa, cuando la vieron regresar a Comitán como señorita torera! El público, al reconocerla, comenzó a chiflar, a exigirle que se arrimara al toro y ella les sacó la lengua y se fue a esconder tras el burladero. Después, como de costumbre, se derrumbó la plaza y en la confusión ni quien se fijara en nada. Después contaron que un finquero la hizo su querida y la mantenía en su rancho. Pero el rumor nunca pasó de rumor.

Sin saber por qué, Emelina se había ido poniendo triste. ¿Cuándo había sucedido eso? Los días son iguales en Comitán y cuando se da uno cuenta ya envejeció y no tiene siquiera un recuerdo, un retrato.

No quería parecerse a su hermana Ester.

Los ojos de Emelina se llenaron de lágrimas. Hay familias donde, no se averigua cómo, entra la saladura. Nadie se casa. Una tras otra, las mujeres se van encerrando, vistiendo de luto, apareciendo únicamente en las enfermedades y en los duelos, asistiendo—como si fueran culpables—a misa primera y recibiendo con humillación el distintivo de alguna cofradía de mal aguero.

Ester. . . ¿cuántos años era mayor que Emelina? Entre las dos no había más que un hermano. Mateo. Y su madre había quedado viuda muy pronto. Así que la diferencia de edad no podía ser muy grande.

—¿Será mi última feria de agosto?—se preguntó Emelina con angustia, palpando los músculos flojos de su cuello.

La última, la última. ¡Qué bien se acompasaban estas palabras con el melancólico tañido de las campanas del Calvario!

Para no pensar más, para aturdirse, Emelina se puso en pie. Su camisón arrugado cayó sin gracia hasta los tobillos. Deliberadamente dio la espalda a la luna del tocador para no verse, marchita, despeinada.

Fue al aguamanil y vació el contenido de la jarra sobre la vasija.

—E1 agua serenada es buena—pensó.—Y en la canícula no se pasma uno, aunque esté fría.

Recibió sobre el rostro como un aletazo fuerte y tuvo la sensación de que las arrugas se borraban. Otra vez, otra vez. A tientas buscó algo con qué secarse. La aspereza de la toalla acabó por hacerla sentirse feliz.

Dos golpes a la puerta—breves, rápidos—sacaron a Emelina de su ensimismamiento y luego la voz de Ester.

—Ya va a dar el último repique. ¿No vas a la iglesia?

Emelina apretó la toalla contra la boca para que no fuera perceptible siquiera su respiración. No le gustaba discutir con su hermana, pues de antemano sabía que la disputa estaba perdida. Ester era razonable, sus argumentos eran hábiles o tenaces. No, no valía la pena arriesgarse. En cambio, si la suponía dormida, Ester no era capaz de entrar. Su confesor le había prohibido que espiara por las cerraduras, que escuchara las conversaciones, que irrumpiera repentinamente en los cuartos ajenos. Porque su pecado más rebelde era la curiosidad y estaba poseída por un celo amargo.

Otros pequeños golpes, urgentes, autoritarios. Y el llamado:

—¡Emelina!

Un estrépito de campanas la hizo enmudecer. Apenas se escuchaba el eco de unos pasos apresurados, alejándose.

Emelina depositó la toalla en su lugar y respiró profunda, burlonamente. Después, erguida, ante el espejo del armario, fue examinando, con lentitud, su desnudez.

Conocía su cuerpo centímetro a centímetro. Y gracias a la contemplación cotidiana, los cambios que iba sufriendo le pasaban inadvertidos. Cuando alguno se revelaba como demasiado evidente (una adiposidad indiscreta, el encallecimiento de zonas de su piel, una verruga, una mancha, una bolsa) apartaba de inmediato la vista y se cubría con la primera prenda que hallaba a su alcance. Hasta que su mente digería la noticia y se familiarizaba con ella volvía a contemplarse otra vez, con un detenimiento tan fijo que resultaba una forma de ausencia y distracción.

Gracias a Dios ahora no había ninguna novedad. Emelina se sintió joven, plena, intacta. ¿Cómo va a dejar huellas el tiempo si no nos ha tocado? Porque esperar (y ella no había hecho en su vida más que esperar) es permanecer al margen. ¡Cuántas veces había envidiado a las otras, a las que se lanzaban a la corriente y se dejaban arrastrar por ella! Su abstención debía tener recompensa.

Todavía clavándose una horquilla en el mono, Emelina salió al corredor. ¡Qué delicia la frescura del aire, la transparencia absoluta de lo azul que se derramaba sobre Comitán! Era la tregua de la canícula. Después volvería la lluvia a chorrear de los tejados; se desataría el viento que acecha, traicioneramente, detrás de cualquier esquina; se instalaría el dominio de lo gris.

Emelina se inclinó hacia las macetas. En los sitios sombreados estaban las colas de quetzal, opulentas; las enormes y malignas hojas del quequextle. No le gustaba este verdor estéril. Pero automáticamente arrancó un gajo marchito y sonrió de placer ante un retoño. Lo desrizó con la punta de los dedos, para no quebrarlo. Pero era flexible y vigoroso. Apenas suelto volvió a su posición natural.

Más allá floreaban los geranios, a los que Emelina no concedió siquiera una mirada. De todas maneras las plantas medrarían. ¡Era tan ofrecida, tan desvergonzada esta flor de pobre! En cambio su lujo se esponjaba en los crisantemos, en las dalias. Había encargado las semillas a México, cuando Concha, su amiga, hizo un único viaje a la capital. Y aconsejada por la cocinera—que tenía buena mano, que se aseguraba de cuál era la fase de la luna en que convenía sembrar o podar—logró un plantel ante el que diariamente se detenía, orgullosa y maravillada.

La jaula del canario estaba aún cubierta. Emelina se apresuró a retirar el trapo.

—¡Esta muchacha es más intendible! La próxima vez que yo la caiga en semejante delito, le voy a dar un buen jalón de orejas.

Hablaba con el pájaro para despertarlo. Este se desperezaba con parsimonia. Era viudo, porque a su pareja se la llevó una peste. Viudo... ¿qué prisa iba a tener de comenzar un día igual a los otros? Emelina se compadeció.

—¿Y si yo le abriera la puerta?

Antes de terminar la pregunta ya había consumado el acto. Y con gestos y palabras cariñosas invitaba al canario a abandonar su prisión.

El canario dio unos pasos vacilantes hacia la salida y se detuvo allí, paralizado por el abismo que lo rodeaba. ¡Volar! Batir de nuevo unas alas mutiladas mil veces, inútiles tantos años. Avizorar desde lejos el alimento, disputárselo a otros más fuertes, más avezados que él...

Emelina seguía, con angustia, estas deliberaciones. Cuando el canario regresó, con una lenta dignidad, al fondo de la jaula, no supo si sentirse aliviada o sarcástica. Lo que le producía más desconcierto era lo extraño de su propia actitud.

—No sé qué me sucede hoy.

Estás loca, habría sentenciado Ester, que siempre diagnosticaba con precisión los hechos. Cuando se lo contara a Concha la dejaría boquiabierta de asombro; sí, es cierto, la comprendería, ella misma hubiera sido capaz de un impulso semejante, sólo que... no se le habría ocurrido nunca.

Emelina se recostó perezosamente en la hamaca del corredor. El almuerzo no sería servido hasta que regresara Ester. Y la misa era muy solemne, oficiada por tres sacerdotes y, acaso también, por el obispo de Chiapas.

Meciéndose con la punta del pie Emelina comenzó, de pronto, a observar su alrededor con una nostalgia del que está a punto de partir. ¿Qué sería de aquellos brotes nuevos? ¿Y del canario, tan indefenso, cuya noche podía ser eterna por un descuido de la criada?

—¡No puedo irme! ¡No puedo dejar estas cosas! —dijo Emelina, retorciéndose las manos y con los ojos nublados de lágrimas.

—¿A dónde no puedes ir?

Era Ester, de carne, hueso y luto, parada frente a su hermana menor como un fiscal.

Emelina permaneció un instante aturdida, limpiándose la humedad del llanto con la punta del delantal. Había pensado en voz alta, como de costumbre y, como de costumbre, Ester la había sorprendido. Fruncía los labios en una sonrisa de lástima mientras doblaba el chal.

—¿Qué te impide hacer el viaje? ¿La autorización de Mateo?

Como si Mateo contara. El atrabancado de Mateo, el inútil de Mateo.

—Es el varón de la casa, el respeto de la familia. Y además—continuó Ester—ahora dispone de dinero. Vendió bien los muletos en la feria. Te lo daría, por si a mamá se le ofrece algún encargo. ¿Vas muy lejos?

Emelina había recuperado el dominio de sí. Unió sus manos tras de la cabeza con gesto insolente.

—No voy tan lejos como tú, que trabajas en las orilladas.

Ester enrojeció de ira. El trabajo, el lugar en que desempeñaba su trabajo, eran las llagas incurables que roían sus jornadas. Ante la directora de la primaria, donde se encargaba de los cursos elementales, ante los inspectores, ante los párvulos, su apellido no significaba nada ni sus antepasados ni su abolengo. Era una empleada ¿y de quién? De su peor enemigo, del Gobierno, que la había despojado de las propiedades que iba a heredar, que pisoteó sus derechos, que le quitó sus privilegios. Violentamente se alejó de una Emelina vencedora.

La casa empezó a llenarse de rumores. Una anciana tosía en el interior de una habitación; un hombre cantaba, enjabonándose la barba para rasurársela. Ester concedía un desahogo a su malhumor en la cocina, exigiendo a la servidumbre que se apresurase en los preparativos del almuerzo. Y cuando fue a inspeccionar la mesa del comedor—seguida sumisamente por la salera—no encontró plato que no estuviera húmedo, ni cubierto bien colocado, ni servilleta que le pareciese lo bastante limpia.

Emelina escuchaba con satisfacción, abandonada aún al ligero balanceo de la inercia. Si ella no fuera una perezosa estaría ayudando a su madre para que se vistiese. ¡Pero le repugnaba tanto el olor de la vejez! Y la presencia de cualquiera proporcionaría a la anciana la ocasión de iniciar, más temprano que siempre, sus delirios.

—Eso la perjudica, se justificó Emelina. Hay que dejarla en paz.

De pronto la sobresaltó un grito agrio, destemplado.

—¡ Ester !

Su hermana pasó corriendo junto a ella, no sin dirigirle una mirada de rencor.

Con fingida mansedumbre comentó Emelina.

—Es a ti a la que llama. Parece como si los otros nombres se le hubieran olvidado.

¡Pobre Ester! Creyó que ser útil le haría cosechar elogios y no trabajos. Allí estaba ahora, abotonando algún broche, de las complicadísimas batas de su madre; sosteniendo la casa (porque Mateo no era capaz de sacarlas de apuros con la administración del rancho). Y palideciendo de envidia ante los pequeños placeres que disfrutaba Emelina: las plantas, el canario, su amistad con Concha, sus paseos.

Porque Emelina aprendió muy pronto que la torpeza propia es más fuerte que las exigencias de los demás. Se cansan de ordenar, de corregir, de rehacer. Prefieren llevar la carga que arriar el burro.

La salera iba y venía, de prisa, como si se tratara de un asunto importante, de la cocina al comedor. Los platos resonaban al entrechocar. Y un olor incitante se esparcía, congregando a la familia para el desayuno.

Emelina entró cuando ya los demás ocupaban sus puestos. La madre—impecablemente peinada y vestida por su hija mayor—presidía la mesa. A distancia podría engañar a un observador con la rigidez de su porte. Pero un continuo lagrimeo, que no parecía advertir ni se preocupaba por enjugar, era el síntoma inconfundible de la falta de gobierno de su mente, del desorden de su espíritu.

Hablaba, sin dirigirse a nadie en particular, sin hacer caso de las interrupciones o de la falta de atención. Las palabras fluían de su boca con la misma falta de voluntad con que las lágrimas resbalaban de sus ojos.

—¡Qué guapo era Lisandro! ¡Qué espléndido! La primera serenata que me dio no fue, como la de un cualquiera, con marimba. Hizo que trajeran un armonio desde San Cristóbal. . . pero no le importaba tirar el dinero a manos llenas. Ninguno se atrevió a echarle en cara su despilfarro. ¿Cómo iba a dejar que tocara para mí, ¡para mí!, cualquier piano desafinado o una guitarra o una mandolina, que es pasatiempo de peluqueros? Y para que no quedara piedra por mover, mandó imprimir programas que se repartieron entre el vecindario. ¡Qué animación, en plena noche! Los semaneros de sus fincas encendieron fogatas a media calle y hachones de ocote en las ventanas y las esquinas. Pero mis padres no iban a permitir que ninguno, ni Lisandro, les pusiera un pie adelante. Correspondieron con refrescos y chocolate, para las señoras; entre los hombres repartieron licores y cigarros. ..

La anciana depositó, con cautela, el tenedor sobre el centro de su plato y se reclinó en el asiento, entregada totalmente a la evocación. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Ester se puso de pie, le limpió el rostro con un pañuelo y la obligó a que tomara de nuevo el tenedor.

—Coma usted, madre. Se va a traspasar.

La anciana obedecía a regañadientes. ¿Por qué ese afán de arrojarla del paraíso de sus recuerdos felices a este presente hostil? Contempló a Mateo con expresión crítica.

—Deberías parecerte a Lisandro.

Mateo farfulló una disculpa ininteligible. Era tartamudo y prefería el silencio al ridículo.

A su turno, Ester lo examinó también sin indulgencia. Veía, en sus ojos inyectados, en sus labios resecos, los rastros de una parranda. Con una solicitud irónica, ofreció:

—¿No prefieres un buen caldo con chile pastor? Dicen que revive las fuerzas.

Emelina rió hasta atragantarse.

—¿Dónde aprendes esas cosas, Ester? Son recetas de casada.

Ester abatió los párpados con severidad.

—Cuando se tiene por hermano a un borracho es necesario saber de todo.

Mateo quiso defenderse. No era un borracho. ¿Por qué esta solterona estúpida era incapaz de comprender que en la feria de agosto pasaría ante los ojos de sus amigos como un apulismado, si no los acompañaba en sus diversiones? ¿Y dónde creía esta infeliz que se cerraban los tratos comerciales? En las cantinas, en los palenques, en...

La longitud de la réplica lo aterrorizó. No dijo una palabra.

Triunfante, Ester se sirvió un trozo más de cecina. La anciana continuaba hablando.

—Lisandro sí era un hombre de gabinete entero, no como los de ahora. Lo mismo domaba una yegua que componía unos versos. En mi álbum de soltera guardo los primeros que me dedicó. A unos ojos. Eran mi quedar bien. Todos me los piropeaban. Pero por modestia mis padres me enseñaron a tener la vista baja.

Ahora, en cambio, exhibía con impudicia la fealdad.

Emelina sintió una aguda punzada de angustia. Ella también llegaría a la vejez, pero sin haber estrechado entre sus brazos más que fantasmas, sin haber llevado en sus entrañas más que deseos y sobre su pecho la pesadumbre, no de un cuerpo amado, sino de un ansia insatisfecha.

—Emelina, estás desganada hoy. ¿También te desvelaste anoche?

Ester acechaba, en el rostro demacrado, algún signo que evidenciara la existencia de los sucios secretos contra los que sus libros de devoción la habían prevenido. Creyendo haberlo hallado sonrió, complacida.

—Voy a bañarme dentro de un rato. No quiero que me dé una congestión.

—¿Has oído? —profirió Ester, dirigiéndose a su madre como si ignorase su sordera—. Emelina ya dispuso ir a la feria, como el año pasado. No le sirvió de escarmiento...

Emelina se puso de pie.

—¿Y por qué había de escarmentar?

Ester pretendía ahora que sus palabras habían sido mal interpretadas. Continuaba apelando al testimonio inexistente de su madre.

—Es un año, más, ¿verdad? Uno más, sobre muchos otros. Treinta y cinco, yo llevo bien la cuenta. Es triste ponerse a competir con las jovencitas. La gente se burla.

—¡No todos son tan malos como tú!

Ante la descompostura de Emelina, Ester conservaba su tranquilidad. Con un leve alzamiento de hombros, remachó:

—El que por su gusto muere...

Emelina abandonó el comedor sollozando sin consuelo. Todavía la alcanzaron las últimas frases de su madre.

—Cuando vi entrar a Lisandro, cargado en una parihuela y con un tiro en mitad de la frente, creí que iba yo a volverme loca.

Emelina se encerró con llave en su recámara. Durante unos minutos su agitación fue extrema y no lograba calmarla ni paseándose, ni hundiendo la cara en el agua fría de la vasija. Sólo la contemplación de su imagen frente al espejo logró producirle una especie de hipnosis. Hubiera querido descubrir algo (una señal, un llamado, un destino) tras la superficie pulida que copiaba unos rasgos sin expresión, que devolviese una máscara del vacío.

Las campanas volvieron a repicar. Emelina recuperó bruscamente la noción del tiempo y abandonó su encierro. Procurando evitar encuentros que volviesen a turbarla, fue hasta la cocina para averiguar si la salera había cumplido sus órdenes.

Sí, había comprado cuatro burros grandes de agua; sí, había prendido, desde hacía rato, el calentador de lámina; sí, había arrimado una batea de madera a la artesa principal; sí, había amole y jabón suficiente; sí, la toalla estaba limpia y seca. Sí, tendría preparado el cordial para cuando Emelina terminase de bañarse.

Emelina se cercioró de que la temperatura del agua era satisfactoria e inició el rito del baño con una minuciosidad supersticiosa. El cuero cabelludo le ardía, su piel estaba roja cuando se sumergió en la artesa para enjuagarse. El agua la cubría hasta el cuello y su tibieza iba penetrándole como un sopor, como una lasitud irresistible. Dejó caer los párpados, aflojó las manos que se asían a los bordes. ¡Qué delicioso era abandonarse así al placer y al peligro! Porque un grado más, un mínimo grado más de inconsciencia, bastarían para hacerla resbalar hasta el fondo y ahogarse.

—Su cordial, niña.

Realmente ni la temperatura del baño ni la cantidad de cordial justificaban lo profundo de su sopor. ¿Le habrían puesto algún bebedizo? Ester. No para hacerle daño. Sólo para impedir que asistiera a la feria. Sí, Ester era muy capaz. Ester...

Fue el último nombre claro que registró su mente. Un torbellino de imágenes confusas, mezcladas, se enseñorearon de ella. Un torero resplandecía, gallardo, dentro del traje ceñido a su esbeltez, a su elasticidad, a su gracia. Saludaba al público sonriendo con una especie de impudicia—como si hubiera ejecutado una gran faena—mientras el toro volvía vivo al corral. La rechifla sobrevino, incontenible. En los tendidos de sol se inició un pataleo imprudente, rítmico y contagioso. La insistencia fue tal que resquebrajó las tablas malunidas de la plaza.

El derrumbe tuvo la lentitud de los sueños. Cada uno se asía a su vecino y las mujeres aprovechaban el pretexto para permitir efusiones que ya no eran de terror. Chillaban histéricamente y muchos hombres, que desde abajo atisbaban el revolear de las faldas, emitían exclamaciones obscenas, gritaban también, aplaudían, ahogando este ruido el de la madera vencida.

Porque tal accidente—que a fuerza de repetirse llegó a transformarse en tradición—era el punto culminante de la feria. Algunos pagaban por él, como era justo. Magulladuras, raspones y, en casos extremos, el aplastamiento, la asfixia, de algún mirón anónimo y sin importancia. Pero a cambio de eso ¡cuántos encuentros que prosperaban en noviazgos! ¡Cuánta doncellez cuya pérdida se disculpaba con una explicación! ¡Cuántos desahogos permitidos!

Emelina se despertó sacudida, al mismo tiempo, por el vértigo del descenso y por el rumor de unos pasos masculinos en el zaguán.

La salera había terminado de peinarla y así pudo volver libremente la cabeza. Alcanzó apenas a distinguir la espalda de Enrique Alfaro, el amigo más asiduo de Mateo.

¿La habría visto al entrar? Con un pudor tardío Emelina alcanzó a ceñir el escote demasiado generoso, a componer su rostro inerme, a envarar su cuerpo sin vigilancia.

¿La habría visto al entrar? En esta pregunta había tanto de vergüenza como de esperanza. Enrique, a pesar de la costumbre de tantos años de frecuentación, no había llegado a ser tan innocuo como Mateo. Seguía inquietándola, como cualquier extraño, por su calidad viril. Recordaba aún, con una triste sensación de fracaso, la temporada aquella, en la finca. Se bañaban juntos en el río y se mecían en hamacas próximas en los anocheceres calurosos. Emelina soñó entonces que el huésped (que conocía tan bien los recovecos de la casa, que la conocía tan bien a ella) empujaba levemente la puerta de su alcoba, la puerta que no se aseguraba nunca con aldaba ni pasador y cuyas hojas permanecían, durante la noche entera, entreabiertas. El intruso avanzaba en la oscuridad pronunciando en voz casi inaudible el nombre de Emelina. Ella no respondía más que con un acezido anhelante y angustioso. Después... ¿para qué pensar en el fin de lo que nunca tuvo principio? Las figuras de este ensueño fueron perdiendo, poco a poco, su color y su viveza, igual que los pétalos marchitos entre las páginas de un libro.

La altura del sol sobresaltó a Emelina con lo avanzado de la hora. Se sacudió los últimos vestigios de somnolencia y se puso de pie. La atmósfera de su cuarto—fresca, de ladrillos húmedos y aire intacto—la ayudó a recuperar su energía.

Ahora se contemplaba ante el espejo, ya lista para irse. La complacía su apariencia y los elogios desmedidos de Concha reforzaron su juicio. Naturalmente Emelina tuvo que corresponder al halago, aunque lo hizo con menos largueza. De las dos era la que se reservaba el privilegio de la crítica, el examen severo y hasta la desaprobación. Aunque su lenguaje era tan reticente y su prudencia tan exquisita, que la otra se suponía honrada por una forma superior de la alabanza.

Las amigas salieron a la calle sosteniéndose mutuamente—no sólo para guardar el equilibrio, precario siempre, entre la altura de los tacones y la desigualdad de las piedras—sino más que nada en su certidumbre de que aún eran jóvenes, de que aún su vida no había cuajado irremediablemente en el aborrecible molde de la soltería.

Pasaban ante los visillos, apenas corridos, de las ventanas, erguidas, sin aceptar la mirada de conmiseración o de burla que las prudentes, las resignadas, les dirigían.

En su camino las solteras esquivaron el sitio donde los chalanes hicieron sus compraventas y que apestaba demasiado aún a estiércol; no se pararon, ni por curiosidad, ante los puestos de las custitaleras que desplegaban sobre petates, corrientes y manchados, lo que les sobró de su mercancía; dieron la espalda a las diversiones de los niños, de los fuereños, de la plebe. Así, no probaron ni su puntería en el tiro al blanco ni su suerte ante los cartones de la lotería. Tampoco se entretuvieron—más que lo indispensable—en atravesar el parque, donde giraba una multitud de criadas y artesanos cuya forma de coqueteo era la grosera y elemental de arrojarse puñados de confetti a la cara (si era posible a la boca abierta en la distracción o en la carcajada) o serpentinas que se enredaban en las melenas indomables, abundantes y negras de las mujeres.

Por un acuerdo tácito Emelina y Concha fueron directamente a la taquilla de la plaza de toros.

Era molesto llegar tarde porque cada aparición era saludada por el público con un grito certero que desencadenaba la hilaridad de todos: el sobrenombre personal o familiar, la alusión ingeniosa a alguna circunstancia ridícula del recién llegado.

Emelina y Concha tuvieron que hacerse las desentendidas de un estentóreo ¡Las dos de la tarde! lanzado sobre ellas por algún apodador profesional. ¿Tendría éxito? A juzgar por el murmullo de contentamiento colectivo era de temerse que sí. Pues bien. Ya cargarían, hasta su muerte, con semejante cruz. Después de todo no serían las únicas en Comitán, al contrario. Era cuestión nada más de acostumbrarse. Disimular el colerón con una sonrisa mientras buscaban donde acomodarse.

Eran preferibles los asientos más bajos. La visibilidad era allí menor pero también el impacto del derrumbe.

Las amigas se sentaron y, a su vez, rieron cuando entró un flemático cornudo, renuente a admitir su condición ni con la evidencia de los anónimos más precisos. Daba el brazo, con deferencia excesiva, a una esposa insolentemente joven, guapa y satisfecha. El que no se atrevía a comparecer ante el tribunal popular era el amante, temeroso de que cualquier escándalo desbaratase la boda de conveniencia que urdía.

Entró la muchacha pobre pastoreando a una idiota rica, cuyos padres pagaban con esplendidez los cuidados y la componía de los que ellos quedaban eximidos. Entró, cohibida, la pareja en plena luna de miel. Sus esfuerzos por aparentar inocencia y distancia (no se atrevían, siquiera, a tomarse de la mano) aumentaba a los ojos ajenos el aura de erotismo que los nimbaba. Entró el viejo avaro, cuya familia aguardaba afuera la narración del espectáculo que iba a presenciar. Entró la Reina de la Feria, adoptando actitudes de postal por medio de las cuales trataba de hacer patentes sus méritos y su modestia. La acompañaba una corte de princesas y chambelanes; ellas procurando que no se trasluciese su despecho de no haber resultado triunfadoras y con un ansia de que el público descubriera los defectos de la elegida para convenir en que el fallo había sido injusto; ellos, orgullosos de su papel e incómodos dentro de sus trajes solemnes y sus corbatas de moño.

Entró, por fin, el juez de plaza que dio la orden de comenzar la corrida.

Una corneta aguda, destemplada (cortesía del jefe de Guarnición), el rápido pasodoble ejecutado por una marimba, fueron los preámbulos de la aparición de los toreros. Caminaban con el garbo de su profesión, aunque no alcanzasen a ocultar lo deslucido y viejo de su vestuario.

Los capotes revolaron un instante por el aire hasta ir a caer, como homenaje, a las plantas de las autoridades municipales, de la Comisión Organizadora de la Feria, de la reina y sus acompañantes, quienes ocupaban palcos especiales.

Al primer toro hubo que empujarlo para que saliera a la lid. Reculaba tercamente, acechando la primera oportunidad de volver a su refugio. Su pánico era tan manifiesto que contagió de él a sus adversarios que corrían desordenadamente, dándose de encontronazos, en su afán de esconderse tras los burladeros.

Pasado este primer momento de sorpresa cada protagonista asumió la actitud que le correspondía. Se hicieron simulacros, tan infortunados como ineficaces, de las suertes que excitan la furia del animal. Pero las banderillas, la intervención de los picadores no hicieron más que recrudecerle su nostalgia por los toriles.

Además, como todos los culpables, la bestia rehusaba mirar de frente. Ya podía el trapo rojo cubrir hasta el más ínfimo de sus ángulos visuales, que siempre le quedaría el recurso de agachar el testuz y entrecerrar los párpados.

La muerte no fue empresa fácil. El toro corría con una agilidad de ciervo y agotaba de cansancio a sus perseguidores. De un salto, que ninguno pudo evitar, traspuso los límites de la arena. Algunos espectadores huyeron; otros trataron de hacer alarde de valor. Esto duró únicamente el tiempo que el toro necesitaba para orientarse. En cuanto reconoció el rumbo de su querencia fue derecho hacia ella. Pero apenas llegaba, la mano diestra del matancero oficial, se descargo (armada de un largo cuchillo) sobre el lugar exacto.

Los demás ejemplares no alcanzaron cimas más altas que el primero. El público se sentía defraudado y, como siempre, comenzó a patear. Se aproximaba el clímax. Entre el alboroto de las descargas incesantes, fue insinuándose un rumor, tímido, seguro, creciente, de madera que chirría, que cruje, que se rompe, que cae.

Lo demás se desarrolló con los pasos sucesivos de un ritual. En la confusión del derrumbe Concha y Emelina quedaron separadas y pugnaban por volver a reunirse, sin lograr romper la barrera de gente y escombros que cada vez las alejaba más.

De pronto Emelina comenzó a sentir un mareo intenso; un sudor frío le empapó las manos, corrió a lo largo de su espalda, le puso lívida las sienes. Sin resistencia fue dejándose tragar por el vértigo.

Cuando volvió en sí estaba en brazos de un hombre desconocido que la hacía beber, a fuerza, un trago de comiteco. Emelina (que no supo si deliraba aún) cesó de hacer gestos de repugnancia y bebió con avidez un sorbo y otro y otro más. El aguardiente le devolvía el pulso, le ordenaba los sentidos, la vivificaba.

Pero no únicamente a ella, como cuando bebía a escondidas; sino que todo su alrededor iba cobrando, de pronto, un relieve inusitado. Los colores eran más intensos, los perfiles más nítidos, los aromas casi tangibles.

Lo que así la embriagaba no era el licor, sino la proximidad del hombre. Emelina dilataba las narices como para que la invadiese plenamente esa atmósfera ruda, que no era capaz de definir ni de calificar, pero que reconocería en cualquier parte.

El contacto con las manos del hombre (que la ayudaban a escapar de la especie de trampa en que había quedado presa) no hizo más que intensificar la convicción de que esta vez no era un sueño sino la realidad el mundo en que se movía. Estaba bien instalada aquí y no iba a abandonarla por más que escuchase el reclamo—cada vez más remoto e irreconocible—de Concha, quien la instaba a que la siguiera.

Emelina fingió no escuchar y además cerró los ojos de nuevo, para no correr el riesgo de que sus miradas se cruzaran con las de algún conocido que se comidiera a hacerle mal tercio. Cuando el hombre le preguntó con quién o quiénes había venido a la corrida, Emelina respondió, con ese aplomo con que ha de respaldarse lo inverosímil, que sola.

La pareja salió, al fin, de la plaza. El hombre, al observar la palidez del rostro de Emelina y la debilidad del ademán con que quiso apartarse el cabello de la frente, se apresuró a sostenerla, temoroso de un nuevo desmayo. Buscó algún asiento vacío en el parque, para sentarla, pero todos estaban ocupados por matrimonios aburridos, niños inquietos y cargadoras resignadas. El hombre condujo entonces a Emelina al kiosco, donde funcionaba una especie de cantina.

Ella se dejó conducir a ese sitio, que ninguna señorita decente pisaría, como si el itinerario no admitiera rectificación. Consciente ya de lo que su conducta significaba de desafío al pueblo entero de Comitán, irguió la cabeza y sus ojos vidriaron de orgullo. ¿No la habían sentenciado ya todos—por boca de Ester—al aislamiento? Pues allí estaba, exhibiendo la presa que había cobrado: un macho magnífico.

Por un momento tuvo la tentación de observarlo. Pero la desechó inmediatamente. Le bastaba sentir junto a ella la presencia sólida, la complexión robusta, la estatura generosa. Además esa voz autoritaria con que exigió la mesa mejor situada y el servicio más eficiente. Era un hombre que sabe mandar.

El mesero, improvisado, procuraba cumplir satisfactoriamente una tarea cuya rutina más obvia ignoraba. Con timidez sacó de debajo de su delantal un papel manoseado que se suponía era la carta. Lo ofrecido allí no era muy atrayente: helado de vainilla, enriquecido con alguna galleta antediluviana; gaseosas autóctonas y granizados insípidos. El hombre devolvió el papel con sonrisa despectiva y pronunció una palabra espiando la aprobación de Emelina.

—Una botella de chianti y dos copas.

Emelina asintió, como si hubiera comprendido. Pero el mesero, ajeno a la fascinación de la muchacha, permaneció atónito, en espera de alguna frase más que lo ayudara a descifrar el enigma. El hombre concedió, al fin, con un ademán a la vez impaciente y benévolo.

—Vino. El más caro que haya.

¡Vino! Esto iba más allá de las imaginaciones más audaces de Emelina. Y cuando tuvo ante sí un líquido rojo que gorgoriteaba al trasegarse de la botella a la copa, lo contempló con la fijeza estúpida con que las gallinas contemplan la raya de gis con que puede hipnotizárselas.

La voz del hombre, imperativa, la sacó de su ensimismamiento:

— ¡Salud!

Ella alzó la copa y se la bebió sin respirar, sin percibir casi el sabor extraño y agrio que le repugnaba un poco. ¿Era figuración suya o el hombre estaba observándola con una insistencia ligeramente burlona? Ella también se sentía con disposición de reír de sí misma. Depositó la copa vacía sobre la mesa y no tuvo necesidad de pedir que se la llenaran de nuevo. Ahora, segura de que su sed sería saciada, se daba el lujo de que el vino permaneciese intacto frente a ella. Además se le había desatado una locuacidad incontenible. Hablaba de Ester como si el hombre la conociera. De la locura de su madre, de la ineptitud de su hermano. Suponía que la escuchaban con interés. Pero el hombre la interrumpió de nuevo con la palabra sacramental:

—Salud.

Emelina dio algunos sorbos—los indispensables— a su copa y continuó hablando. De Concha, pobrecita, que estaba envejeciendo dentro de unos vestidos horribles. De ella misma, al fin.

Se compadecía un poco, por tantos años de espera, de soledad. Pero la recompensa era sobrada. Hoy se borraba todo, afirmó con una solemnidad cómica, apurando hasta el fondo de la copa.

No quiso alzar los ojos por miedo a ver la cara del hombre. Un resto de lucidez le avisaba que tuviera prudencia. Sólo miró, con una obstinación pedigüeña, la copa vacía que inmediatamente fue llenándose.

Emelina aguardaba la señal para beber de nuevo. Pero el hombre le dijo:

—La están buscando.

Era Concha. Seguro que era Concha. ¿A quién más iba a ocurrírsele ser tan inoportuna? Emelina, en vez de responder rió con una carcajada tan fuerte que los ocupantes de las otras mesas, que no habían cesado de observarla a hurtadillas, se atrevieron a contemplarla de frente.

—Déjela. Nunca se atreverá a subir las escaleras del kiosco. Está sola ¿verdad?

El hombre asintió.

—¿Ve usted? Una mujer sola no es capaz de nada. Como yo, antes de que vinieras.

La frase le pareció acertada y el tuteo normal. Para felicitarse alzó la copa. Ahora empezaba a gustar del líquido. Aunque no demasiado. Además tenía prisa. ¡Le quedaba tan poco tiempo!

—¿No bebes?—preguntó a su compañero.

—Estoy desarmado, admitió, al tiempo que pedía otra botella de lo mismo.

—Las comitecas tenemos fama de ser más aguantadoras que los hombres.

—Tienen fama de otras cosas también—añadió ambiguamente el otro.

—Ya te contaron el cuento de que no se nos puede echar un piropo sin que corramos a hacer la maleta para huírnos.

Emelina estaba encantada de su audacia. Fue el hombre quien retrocedió:

—Conocía yo el dicho: Comitán de las Flores. Por sus mujeres bonitas.

Y aprovechó la última frase como brindis.

—Pues el dicho el falso—se obstinó Emelina—. No hay una sola que valga la pena. ¡Esa reina, por Dios! No la querría yo ni para mi molendera.

—¿Y usted?

La voz del hombre era neutra; ni sarcástica ni galante.

—A mí me tocaron otras cosas. Soy... bueno, fui hace muchos años...

Hizo como si contara con los dedos y luego abandonó el propósito con un ademán de impotencia.

—¿Qué importa? Tú no me conociste entonces.

—Por el gusto de conocerla hoy.

Chocaron las copas. La de Emelina derramó algo de su contenido y ella no pudo reprimir un ay de consternación.

—¡No quiero desperdiciar nada!

El hombre se apresuró a llenar de nuevo el recipiente. Emelina sonreía con gratitud infantil.

—En las piñatas nunca me tocaron más que las sobras. Las demás se abalanzaban a arrebatar lo mejor. No tenían miedo de desgreñarse, ni de pelear, ni de caer. Yo siempre fui muy tímida.

—¿Y ahora?—dijo él.

Emelina se le enfrentó. Hizo un gesto grave, lento, negativo.

El hombre aparentó no verlo y llamó al mesero. Le urgía pagar la cuenta.

Se puso de pie y, al guardar la cartera en un bolsillo interior del traje, Emelina adivinó el bulto de una pistola. Este descubrimiento le pareció maravilloso. Hubiera querido aplaudir, mostrarlo a los demás. Pero había una especie de distancia insalvable entre sus pensamientos y sus actos.

—Vámonos.

Emelina movió la cabeza, riendo quedamente.

—No puedo. . . no puedo levantarme.

El hombre la alzó en vilo y así cruzaron entre los parroquianos, escandalizándolos y divirtiéndolos.

El descenso de las escaleras del kiosco fue un poco más fácil. Emelina se asía del barandal, tambaleante, Le asustaba que la grada siguiente estuviera tan desmesuradamente distante. El hombre la ayudó lo mejor que pudo y pronto estuvieron otra vez en tierra firme.

—¿La llevo a su casa?—preguntó él.

—No, claro que no. Nunca volveré allí.

—Entonces yo escogeré el rumbo.

Era lo convenido. Cualquier otro desenlace carecía de justificación..

El hombre conducía a Emelina, con firmeza, hacia una de las salidas del parque, la que desembocaba al punto en que se estacionan los automóviles de alquiler.

Emelina se apoyó en una de las puertas traseras, mientras el hombre arreglaba con el chofer los detalles del precio y la dirección.

Fue un momento después cuando se produjo la catástrofe. Quién sabe de dónde salió Mateo, envalentonado por la borrachera y por la compañía de Enrique Alfaro. Hubo un breve diálogo, salpicado de insultos, entre los hombres. Emelina quiso intervenir pero alguno la empujó con brusquedad. No cayó al suelo porque la gente se había arremolinado a su alrededor para presenciar la pelea. Lo último que alcanzó a ver Emelina fue el ademán de los contendientes al quitarse el saco. Enrique la apartó con violencia de allí.

La arrastró entre la multitud, que en vez de estorbarlo, empujaba a Emelina con rumbo a su casa. De nada le valió a ella resistirse. Tropezaba a propósito, se dejaba caer. Pero implacablemente, volvían a levantarla y la obligaban a avanzar unos pasos más. Se asía al hierro de los balcones, se estrellaba contra los quicios de las puertas. En vano. Tenía que luchar, no sólo contra una fuerza superior a la suya, sino contra su propio desguanzamiento, contra la inercia que le paralizaba los miembros, contra la náusea que le revolvía las entrañas, contra el mareo que la hacía cerrar los ojos.

Poco a poco, sin consultar a la voluntad de Emelina, la resistencia cesó. Ella se sostuvo de los barrotes de una ventana y el llanto comenzó a fluir, abundante, fácil, incontenible, hasta su cauce natural.

—¿Por qué? —gemía vencida, sin comprender—. ¿Por qué?

La respiración de Enrique estaba hinchada de cólera. Sacudió con desprecio a Emelina.

—¡Has deshonrado tu apellido! ¡Y con un cualquiera! ¡Con un extranjero aprovechado!

Emelina negó con vehemencia.

—El no. . . no me iba a hacer nada malo. Sólo me iba a enseñar la vida.

Cuando adquirió plena conciencia de que la oportunidad había pasado, Emelina se puso a aullar como una loca, como un animal.

Enrique se apartó de ella. Que se quedara aquí, que regresara a su casa como pudiera. Él no podía tolerar más ese aullido salvaje, inconsolable.

Enrique echó andar sin rumbo, por las calles desoladas. De lejos le llegaba el eco de las marimbas, de los cohetes, de la feria. Pero no se apagó siquiera cuando Enrique golpeó, con los aldabonazos convenidos, la puerta del burdel.


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