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7/3/08

MENTIRAS PIADOSAS


Existe gente que mata por dinero. No es difícil encontrar un asesino a
sueldo por un barrio de mala muerte o a los alrededores de algún Ministerio
Público. Con los ahorros de toda su vida Aída ofreció 25 mil dólares y su
automóvil por una ejecución. Se reunió con el Caimán a eso de las 10:00 de
la mañana en el mercado de la Merced para ponerse de acuerdo.

- Traigo el dinero y voy a confiar en ti.

- Le dije por teléfono que no le voy a fallar, seño. ¿A quién tengo que
desaparecer?

-A mí.

-No juegue, muñeca, esto es serio.

-No estoy jugando.

-Con razón me dijo que tenía que ser de un solo tiro.
Si está segura, ¡adelante! ¿Cómo y cuándo va a ser?

-Me dijiste que podías desaparecer el cuerpo. Por el momento no me
van a buscar, pero trata de deshacerte de mí lo antes posible.
Toma las llaves, la factura está endosada, la dejé en la guantera.

Se dirigieron al coche que estaba estacionado a dos cuadras del mercado. El
Caimán siguió a Aída unos pasos atrás para que no los vieran juntos. Al
llegar al auto ella subió en la parte trasera y le pidió que no se asomara
por el espejo retrovisor. Empezó a explicarle el plan.

-Necesito que me lleves a un lugar apartado donde no se escuche
el balazo. Quiero que cuentes bien el dinero que acordamos.
Procura hacer el cambio de propietario mañana mismo, así no tendrás
problemas si llegan a reportar el coche como robado, o véndelo, los
papeles están en regla.

-No me lo va a creer, seño, porque soy un maldito, pero siento regacho
lo que voy a hacer. Se ve que usted es una señora fina y no me entra
en la cabeza que quiera quitarse la vida. Total, si tiene dinero mejor
dígame quién la está jodiendo y nos vamos contra él.

-Te dije que no iba a explicar nada, Caimán.
Ya está decidido. Nadie me ha hecho daño, yo soy la que
puede causarle mucho dolor a mi gente si no me voy de este mundo.

-Pos nomás le digo que si tiene problemas con la droga o con los
narcos, yo tengo muchos conectes para buscar al que la está fre-
gando. La vida es lo más principal, seño. Mejor lárguese del país
y no me pague nada.

- Caimancito, no te metas en los pocos minutos que me quedan de vida.
No me salgas con que te vas a rajar.

-¿A poco no tiene hijos, seño? Piense en ellos.

-No, no tengo hijos. Si tú tienes, comparte con ellos el dinero y deja
esta vida que llevas.

-Si cambia de opinión le juro por mi madre que me regenero.

-Nunca hagas nada por decisión de otros, Caimán.

-¿Cómo me dice eso si me está pidiendo que la mate por decisión suya
y no mía?

-Ya, no me confundas. Apúrate para salir de este maldito tráfico.

- Perdóneme, seño, pero me tiene bien intrigado. Dígame quién le hizo
daño, y de a gratis le partimos la madre entre los cuates.

-Pues ya está, Caimán, yo misma me hice daño, así que no te costará
trabajo matarme.

-De que las hay, las hay.

-¿Por qué dices eso?

-Porque es usted bien valiente, seño.

-No has entendido nada, Caimán, quitarse la vida es la mayor cobardía
que existe.

Por fin salieron de la ciudad. El Caimán tomo la carretera a Puebla, se
desvió por un camino pedregoso y siguió de largo unos 5 kilómetros. Pasaron
unas colonias abandonadas en las que sobresalían muchos cables de luz
colgados de unos cuantos postes. Por ahí se perdió el coche entre la
polvareda hasta llegar a una bodega. El Caimán se bajó del auto, sacó un
manojo de llaves y abrió el portón; metió el coche, abrió la portezuela y se
hincó junto a Aída. Intentó acariciarle las piernas. Ella gritó: ¡tengo
sida, Caimán!

-Todos lo hemos de tener, seño, y no por eso nos vamos a morir tan
pronto. Hora hay muchos remedios para ese mal. Yo pensé que era
algo pior.

- Si no vas a cumplir el trato o te quieres rajar, dame la pistola. Yo
misma me doy el tiro.

-Señora bonita, no se le ocurre que primero tiene que vengarse del
que la contagió. Dígame por favor quién es.
¡Yo se lo mato!

- Caimán, en lo que quedamos. Abajo del asiento está el dinero.
¡Cuéntalo!

- Se nota a leguas que tiene palabra, seño. Le creo.

- Sácalo y cuéntalo delante de mí.

- Le juro que la voy a matar. El Caimán también es de palabra.


Sacó el dinero, lo contó y le dijo a Aída que se bajara del coche para
enseñarle dónde iba a quemar su cuerpo. Ella obedeció, entró a la bodega
donde no había nada, era un espacio vacío en el que seguramente el Caimán y
su banda escondían a los secuestrados o a los que asesinaban por unos
cuantos pesos. Aída le dijo que cuando retiró el dinero del banco, le
explicó al gerente que iba a hacer un largo viaje y que a su regreso abriría
otra cuenta, así que por el momento su familia no daría aviso a la policía.
Antes de salir de su casa dejó la chequera cancelada sobre la cama.

-Tienes tiempo de sobra para evitar que sospechen de ti, Caimán.

- Usted también tiene tiempo de sobra para arrepentirse.
Voy a matarla hasta mañana.


El Caimán desapareció sin decir nada. Aída pasó la noche con los ojos
abiertos y el cuerpo frío. En cuanto salió el sol Aída fue ejecutada con un
balazo en la nuca que la dejó sin vida en unos cuantos segundos.
Los familiares de Aída no reportaron su desaparición. El esposo creyó que lo
había abandonado, sus hijos estuvieron tristes un tiempo y después se
resignaron. La habían visto decaída y apagada los últimos meses. Pensaron
que su madre merecía una vida mejor. Nadie, salvo el oncólogo a quien Aída
le proporcionó datos falsos, supo que padecía cáncer en fase terminal.



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