4/2/09

LUIS CERNUDA/JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (intercambio de correspondencia)

Geniales poetas, Juan Ramón Jiménez y Cernuda mantuvieron directa e indirectamente (con el secretario de JRJ, Juan Guerrero, de mediador) una correspondencia cuajada de complicidades y poesía.




Sr. D. Juan Ramón Jiménez
19. l. 920
Señor:
No puedo detenerme más tiempo aquí, y me vuelvo a Sevilla sin verle otra vez como yo deseaba.
Perdóneme mi indecisión de ayer que no supo evitarle una cita incierta, así como las molestias que haya podido causarle
Suyo afmo.
Luis Cernuda


Sr. D. Juan Ramón Jiménez
Conde de Benomar, 2 0 Sevilla, 22.IX.1925
Recibo, señor, su tarjeta en demanda de algunas fechas. Aquí están.
Nací en Sevilla (21 de septiembre,1902), donde vivo.
Las décimas son, tres ("Urbano y dulce revuelo", "Pomposo verdor extiende"y "Morir cotidiano, nudoso") del año actual, las demás de 1924. La prosa es también del año actual. Suyo afmo.
Luis Cernuda


Sr. D. Juan Ramón Jiménez
Señor:
por Juan Guerrero, que me escribe desde Murcia, sé que ha pasado usted por Sevilla sin yo haberle podido visitar. Por Guerrero, también, sé que no pudo hallarme. ¿Tal vez sería la causa un olvido de mi dirección? -Yo salgo poco, y si alguien hubiera estado a verme, seguramente, me lo hubieran dicho-.
Espero me perdonará ahora una falta de atención -impuesta por mi ausencia de noticias- que yo tanto siento, ya que de mis mayores deseos es el verle.
Suyo afectísimo
Luis Cernuda


Sr. D. Juan Ramón Jiménez
Sevilla 4.VII.1926
Señor:
por un temor disculpable -el mismo que me impidió indicar: "Homenaje a Góngora", en una de las poesías, que le envié el año anterior- no le he remitido antes esta décima. Creo que sin su autorización no debo -sin pensar en publicidad- guardarla con mis otras poesías.
Por esto- y aun temiendo molestarle-, sin conservar copia alguna, le remito el original; si no es de su agrado puede, así, quedar inutilizado totalmente. Suyo afectísimo Luis Cernuda


Don Juan Guerrero
Sevilla. 29. VI. 1926
Mi distinguido amigo:
Como contestación positiva a su amable invitación aquí tiene U. algo mío en prosa y en verso. Contra mi voluntad no va escrito a máquina; pero he procurado hacer mi letra clara en lo posible y espero no tener que lamentar ninguna errata. Si es posible, le ruego sea la prosa lo primero que se publique.
Muchas gracias de su afmo.
Luis Cernuda
No he recibido los "Suplementos"; se lo agradezco de todos modos.


Sevilla. 6. VII. 1926
Mi distinguido amigo:
He rectificado en la poesía un error mío; algo he rectificado también en la prosa. Agradezco en todo lo que valen sus elogios; y si la prosa no le gusta le ruego no la dé -me someto a su decisión con entera confianza-.
Ya conocía el "Suplemento", y hallo en sus números una atmósfera literaria en extremo simpática. Aunque escribo poco, le seguiré enviando más cosas. Suyo afmo.
Luis Cernuda

26. VII. 1926
Mi distinguido amigo:
Como pensaba enviarle otras cosas para el "Suplemento" y no sé si -a causa del servicio militar que me tendrá desde agosto- estaré más adelante en condiciones que me permitan ocuparme de asuntos literarios, se las envío ahora. Publíquelas en el caso de que merezcan publicarse.
Y perdóneme que le esté molestando con mis cartas tan repetidamente.
Suyo afmo.,
Luis Cernuda


4. VIII. 1926
Mi distinguido amigo:
Como no sabía que J. R. Jiménez había de pasar por aquí no he podido verlo, con gran pesar mío -Juan Ramón no estuvo en casa ni, seguramente, en otra casa de la calle pues siendo esta pequeña hubieran podido guiarle fácilmente.
De la revista que va a publicar sé algo por el "Suplemento". ¿Dará en ella las cosas que le envié con destino a "Sí."?
En cuanto a la revista "Mediodía", puse unas letras al secretario, a quien sólo he visto dos veces, para que se la enviaran; pero no hallándose éste en Sevilla me dirigí a un colaborador a quien conozco más. Seguramente la recibirá U. muy pronto.
Muchas gracias por sus elogios, excesivos indudablemente. ¿Se ha publicado ya el nuevo "Suplemento"? Suyo afmo.,
Luis Cernuda


28. VIII. 1926
Mi distinguido amigo:
En los suplementos que me envía he leído su "Tornasol Literario", tan firme en el elogio o la censura; poco se habló del primer libro de Bergamín, pero no se hubiera podido decir sobre él nada tan certero como lo que U. dijo.
¿Seguira U. publicando sus notas, ahora?
Suyas supongo esas anónimas "De la tertulia".
Mi más reciente poesía es la publicada en el suplemento. Con mucho gusto le enviaré copia de aquellas todavía -ay- futuras.
Suyo admo.
Luis Cernuda
Creo que los redactores de "Mediodía" anunciaron mi colaboración; no hay tal.

1. XI. 1926
Mi distinguido amigo:
Perdóneme que a causa del servicio militar -hoy terminado- haya tardado en escribirle.
No sé si Romero Murube habrá ya pedido para "Mediodía" colaboración de U. y de algún amigo suyo. Salinas que ha ido a Madrid para recoger a su mujer y sus niños, traerá, seguramente, colaboraciones. Yo también daré algo y, además, procuro que desaparezcan de la revista algunas de las cosas que no me agradan. El director, Llorent, desea recibir "La Verdad".
Quizá me decida a reunir en un folleto -edición limitada, fuera de comercio- mis décimas, aunque temo que desentonen en nuestra atmósfera sobresaturada de poesías profundas.
Afectuosamente suyo,
Luis Cernuda

1. XII. 1926
Mi querido amigo:
De los tres fragmentos en prosa que le envié aquel de que actualmente dudo más es "Aire vacío". Dada la urgencia de su publicación yo no sé decidirme por uno y le ruego que entre este que le remito y el propio "Aire vacío" escoja aquel que le parezca mejor. Sin embargo temo mucho que todos estos fragmentos no valgan nada.
La premura de tiempo me impide enviarle particularmente unas copias de poesías -ya que la Revista de Occidente adonde las envié parece no quiere publicarlas-. Suyo afmo.
Luis Cernuda


30. XII. 1926
Querido amigo:
Está muy bien ese "Boletín de la joven literatura", de clara y sencilla presentación, e interesantes originales. Agradezco su delicada atención de enviármelo anticipado, y corresponderé a ella enviándole a mi vez nuevas cosas.
Pienso prepararme para hacer oposiciones a Secretarios de Ayuntamiento -de primera categoría- ya que las circunstancias me impiden prepararme para cónsul, como yo deseaba. Quizá usted puede proporcionarme algunos datos sobre la mayor o menor dificultad de los estudios y de obtener puestos. ¿Son estos en pueblos, casi exclusivamente?
No tengo prisa ninguna por conocer estos datos; cuando necesite escribirme para otra cosa puede entonces, si quiere, dármelos: así su carta no estará dedicada sólamente a estas cosas para mí un tanto desagradables.
Le devuelvo esa copia de mi poesía que supongo me remite para corregir erratas; me satisface que le guste, así como a Guillén, que me ha escrito una bella y excesiva carta.
No sé si anunciarle la publicación de un suplemento mío en "Litoral", pues no hay todavía nada seguro. Afectuosamente suyo,
Luis Cernuda
Le giro el importe de la suscripción a un año de "Verso y Prosa".


20.V.1927
Querido amigo:
Al leer en este último número de "Verso y Prosa" mis poesías, me doy cuenta de una equivocación de la cual sólo yo tengo la culpa: las poesías segunda y cuarta las copié no del original, sino de un borrador. Por esto aparece "un torpe caminar, casi sujeto" en vez de "un lento caminar, casi sujeto" y "¡proximidad infeliz! Ya por el cielo" en vez de "¡Cercanía infeliz! Ya por el cielo". Si solamente se tratara de uan palabra cambiada no me importaría; pero decir proximidad por cercanía hace que el verso no sea endecasílabo. Aunque esta rectificación sea ya tardía, quiero, no obstante, hacerla. Suyo afmo.,
Luis Cernuda


12.XII.1929
Mi querido amigo:
No sé qué dirá usted con justicia, sin duda alguna, de mí.
Una tristeza y un decaimiento a los cuales ya me voy acostumbrando me quitan gusto para todo. Principalmente para escribir. Esta es la causa de no haber contestado a sus cartas. Ahí tiene usted la copia de la "Égloga". Supongo que se publicará en un número de "Carmen". Desde luego creo que a Gerardo Diego no le agrada. Estoy, pues, castigado. ¿No lo cree usted así?
Su muy admo.
Luis Cernuda

JAVIER HERAUD PÉREZ (Ultima carta a su madre)


Antes de partir de La Habana, rumbo a Bolivia ( frontera con Perú) para conformar la guerrilla, Javier escribió esta carta que dejó encargada a la esposa de un compañero en Cuba. El encargó: si no le ocurría nada, ella debía conservarla; si lo mataban, ella se comprometía a llevarla a Lima y ponerla en las manos de su madre.


Nov 62. La Habana. Cuba.

Querida madre:

No sé cuándo podrás leer esta carta. Si la lees quiere decir que algo ha sucedido en la Sierra y que ya no podré saludarte y abrazarte como siempre. ¡si supieras cuánto te amo!, ¡si supieras que ahora que me dispongo a salir de Cuba para entrar en mi patria y abirir un frente guerrillero pienso más que nunca en ti, en mi padre, en mis hermano tan queridos!

Voy a la guerra por la alegría, por mi patria, por el amor que te tengo, por todo en fin. No me guardes rencor si algo me pasa. Yo hubiese querido vivir para agradecerte lo que has hecho por mí, pero no podría vivir sin servir a mi pueblo y a mi patria. Eso tú bien lo sabes, y tu me criaste honrado y justo, amante de la verdad, de la justicia.

Porque sé que mi patria cambiará, sé que tú también te hallarás dichosa y feliz, en compañía de mi padre amado y de mis hermanos. Y que mi vacío se llenará pronto con la alegría y la esperanza de la patria.

Te besa

Tu hijo

Javier

18/1/09

LOS CANTOS DE MALDOROR

Isidore Ducasse (Conde de Lautréamont)
Nació en Montevideo en 1846, de padres franceses. Murió a los 24 años de edad en París, en circunstancias misteriosas.



16/11/08

PROSA DE TRANSIBERIANO Y DE LA PEQUEÑA JUANA DE FRANCIA

Dedicada a los músicos

En aquel tiempo yo era un adolescente

Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi infancia

Estaba a 16.000 leguas del lugar de mi nacimiento

Me hallaba en Moscú,

en la ciudad de los mil tres campanarios y las siete estaciones

Y no me bastaban las siete estaciones y las mil tres torres

Porque mi adolescencia era tan ardiente y loca

Que mi corazón, alternativamente,

ardía como el templo de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú

Cuando se pone el sol.

Y mis ojos iluminaban antiguos senderos.

Y yo era tan mal poeta

Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas.

El Kremlin era como una inmensa torta tártara

Crujiente de oro.

Con las grandes almendras de las catedrales

inmensamente blancas

y el oro empalagoso de las campanas...

Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorode

Yo tenía sed

Y descifraba caracteres cuneiformes

Luego, de pronto, las palomas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza

y también mis manos alzaban el vuelo, con susurros de albatros

y esto era las últimas reminiscencias del último día

Del postrer viaje

y del mar.



No obstante, yo era un poeta muy malo.

No sabía llegar al fondo de las cosas.

Tenía hambre

Ya todos los días ya todas las mujeres en los cafés ya todas las copas



Habría querido beberlas y romperlas

Ya todas las vitrinas ya todas las calles

Ya todas las casas ya todas las vidas

Ya todas las ruedas de los coches que giraban

como torbellinos sobre los malos empedrados



Habría querido hundirlas en un gran horno de espadas

y habría querido moler todos los huesos

Y arrancar todas las lenguas

y licuar todos esos grandes cuerpos extraños

y desnudos bajo la ropa que me vuelve loco..

Presentía la llegada del gran Cristo rojo de la revolución rusa…



Y el sol era una inmensa herida que se abría como un brasero.

En aquel tiempo yo era un adolescente

Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi nacimiento

Estaba en Moscú, donde quería alimentarme de llamas

y no me bastaban las torres y las estaciones que cubrían mi ojos de estrella

En Siberia rugía el cañón, había guerra

A Hambre frío peste cólera

y las aguas fangosas del Amor arrastraban millones de carroñas



En todas las estaciones veía partir todos los últimos trenes

Ya nadie podía salir porque no se vendían más boletos

Y los soldados que se iban hubieran preferido quedarse...

Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorode.

Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía ir a todos lados

Y también los comerciantes todavía tenían dinero suficiente

Para ir a intentar hacer fortuna.

Su tren salía todos los viernes de mañana.

Se decía que había muchos muertos.

Uno llevaba cien cajas de despertadores y cucús de la Selva Negra



Otros cajas de sombreros, cilindros y un surtido de tirabuzones de Sheffield

Otros ataúdes de Malmoe llenos de latas de conservas y sardinas en aceite



También había muchas mujeres

Mujeres entrepiernas en alquiler que también podían usarse

Ataúdes

Todas pagaban impuestos



Se decía que había muchos muertos allí

Ellas viajaban con tarifa reducida

Y todas tenían una cuenta corriente en el banco.



Pues bien, un viernes de mañana me llegó la hora por fin

Estábamos en diciembre

y también yo partí para acompañar al viajante joyero que iba a Jarbín



Teníamos dos asientos en el expreso y 34 cofres de joyería de Pforzheim



Pacotilla alemana «Made in Germany»

Me había vestido de punta en blanco, y al subir al tren se me perdió un botón

[

- Lo recuerdo, lo recuerdo, a menudo pensé en ello desde entonces-



Yo dormía sobre los cofres y me sentía muy contento

de poder jugar con la browning Niquelada que también me había dado



Me sentía muy feliz despreocupado

Creía jugar a los bandoleros

Habíamos robado el tesoro de Golconda

Y, gracias al transiberiano, íbamos a ocultarlo del otro lado del mundo



Yo tenía que defenderlo contra los ladrones del Ural

que habían atacado a los saltimbanquis de Julio Veme

Contra los Junguzes, los boxers de la China

Y los rabiosos pequeños mongoles del Gran Lama

Alibabá y los cuarenta ladrones

Y los fieles del terrible Viejo de la montaña

Ysobre todo, contra los más modernos

Los rateros de hotel

Y los especialistas de los expresos internacionales



Y sin embargo, y sin embargo

Estaba triste como un niño

Los ritmos del tren

La «médula ferrocarrilera» de los psiquiatras americanos

El ruido de las puertas de las voces de los ejes rechinando sobre los rieles congelados

Ell ferlín de oro de mi futuro

Mi browning el piano y los juramentos de los jugadores

de cartas en el compartimento de al Iado «

La deslumbrante presencia de Juana

El hombre de anteojos azules que se paseaba nerviosamente

por el corredor y me miraba al pasar



Murmullos de mujeres

Y el silbido del vapor

Y el eterno ruido de las ruedas locas en los carriles celestes

Los vidrios están escarchados

¡La naturaleza no existe!

Y detrás, las llanuras siberianas el cielo bajo y las grandes sombras de los

Taciturnos que suben y bajan

Estoy acostado sobre una manta de viaje

Colorinche

Como mi vida

Y mi vida no me abriga más que esa manta

Escocesa

Y toda Europa entrevista por el parabrisas de un expreso a toda máquina



No es más rica que mi vida

Mi pobre vida

Esta manta

Deshilachada sobre cofres llenos de oro

Con los que viajo

Sueño

Fumo

y la única llama del universo

Es un pobre pensamiento...



Desde el fondo de mi corazón me brotan lágrimas

Si pienso, Amor, en mi querida;

Ella no es más que una niña, a quien encontré así

Pálida, inmaculada, en el fondo de un burdel.

No es más que una niña, rubia, risueña y triste,

No sonríe y nunca llora;

Pero en el fondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,

Tiembla un dulce lis de plata, la flor del poeta.

Es dulce y muda, sin ningún reproche,

Con un largo estremecimiento cuando tú te aproximas;

Pero cuando yo voy hacia ella, por aquí, por allá, festivo,

Ella da un paso, luego cierra los ojos, y da un paso.

Porque es mi amor, y las otras mujeres

Sólo tienen vestidos de oro sobre grandes cuerpos llameantes,

Mi pobre amiga está tan desamparada,

Está toda desnuda, no tiene cuerpo, es demasiado pobre.

No es más que una flor cándida, endeble,

La flor del poeta, un pobre lis de plata,

Muy frío, muy solo, y ya tan mustio

Que me brotan las lágrimas si pienso en su corazón.

Y esta noche es similar a otras cien mil cuando un tren rasga la noche

[

- Caen los cometas-

Y el hombre y la mujer, aún jóvenes, se divierten haciendo el amor.



El cielo es como la carpa desgarrada de un circo pobre

en un pueblito de pescadores

En Flandres

El sol es un quinqué humoso

Y en lo más alto de un trapecio una mujer representa la luna.

El clarinete la corneta una agria flauta y un mal tambor



Y aquí está mi cuna

Mi cuna

Siempre estaba cerca del piano cuando mi madre como

Madame Bovary tocaba las sonatas de Beethoven

Yo pasé mi infancia en los jardines suspendidos de Babilonia

y la rabona, en las estaciones frente a los trenes a punto de salir



Ahora hago correr todos los trenes detrás de mí

Bale-Tombuctú

También jugué a las carreras en Auteuil y Longchamp París-Nueva York

Ahora hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida Madrid-Estocolmo

Y perdí todas mis apuestas

Sólo queda la Patagonia,la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza,

la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur

Estoy en camino

Siempre estuve en camino

Estoy en el camino con la pequeña Juana de Francia

El tren pega un peligroso salto y vuelve a caer sobre todas sus ruedas



El tren vuelve a caer sobre sus ruedas

El tren siempre vuelve a caer sobre todas sus ruedas

«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»

Estamos lejos, Juana, viajas desde hace siete días

Estás lejos de Montmartre, de la Butte que te alimentó del

Sagrado Corazón contra el cual te acurrucaste

París desapareció y su enorme fogata

No quedan más que las cenizas constantes

La lluvia que cae

La turba que se hincha

La Siberiaque gira

Los pesados manteles de nieve que ascienden

Y el cascabel de la locura que tintinea como un último deseo en el aire azulado

El tren palpita en el corazón de los horizontes plomizos

Y tu pena ríe burlona.,.



«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»



Las preocupaciones

Olvida las preocupaciones

Todas las estaciones agrietadas oblicuas sobre la ruta

Los hilos telegráficos de los que cuelgan

Los postes grotescos que gesticulan y los estrangulan

El mundo se estira se alarga y se retira como un acordeón

atormentado por una mano sádica

En las resquebraduras del cielo, las furiosas locomotoras

Huyen

y en los agujeros,

las vertiginosas ruedas las bocas las voces

y los perros de la desdicha que ladran a nuestras espaldas

Los demonios están desencadenados

Chatarras

Todo es un acorde falso

El «brun-run-run» de las ruedas

Choques

Rebotes

Somos una tormenta bajo el cráneo de un sordo...



«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»



Pero sí, me pones nervioso, bien lo sabes, estamos muy lejos

La locura recalentada ruge en la locomotora

La peste el cólera se alzan como brasas ardientes en nuestro camino

Desaparecemos en la guerra totalmente en un túnel

El hambre P.uto se aferra a las nubes en desbandada

y estiércol de las batallas en montones apestosos de muertos

Haz como él, haz tu oficio...



«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»



Sí, estamos muy lejos, estamos muy lejos

Todos los chivos emisarios reventaron en este desierto

Oye los cencerros de ese rebaño sarnoso Tomsk

Tcheliabinsk Kainsk Obi Taichet Verkné Udinsk Kurgán Samara Pensa-Tulún



La muerte en Manchuria

Es nuestro desembarcadero y nuestra última guarida

Este viaje es terrible

Ayer por la mañana

Iván Ulitch tenía los cabellos blancos

y Kolia Nicolai Ivanovitch se roe los dedos desde hace quince días...

Haz como ellos la Muerte el Hambre haz tu oficio

Cuesta cinco francos, en transiberiano, cuesta cien rubIos

Afiebra los bancos y enrojece bajo la mesa

El diablo está en el piano

Sus nudosos dedos excitan a todas las mujeres

La Naturaleza

Las Busconas

Haz tu oficio

Hasta Jarbín...



«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»



Pero... vete al diablo... déjame tranquilo

Tienes caderas angulares

Tu vientre es agrio y tienes blenorragia

Eso es todo lo que París puso en tu regazo

También un poco de alma... porque eres desdichada

Tengo piedad tengo piedad ven hacia mí sobre mi corazón

Las ruedas son los molinos de viento de Jauja

Y los molinos de viento son las muletas que hace girar un mendigo



Somos los lisiados del espacio

Rodamos sobre nuestras cuatro heridas

Nos cortan las alas

Las alas de nuestros siete pecados

y todos los trenes son los baleros del diablo

Corral

El mundo moderno

La velocidad no tiene la culpa

El mundo moderno

Las lejanías están demasiado lejos

y al final del viaje es terrible ser un hombre con una mujer...



«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»



Tengo piedad tengo piedad ven a mí te contaré una historia

Ven a mi cama

Ven a mi corazón

Te contaré una historia...



¡Oh ven! ¡ven!



En Fidji reina la primavera eterna

La pereza

El amor extasía a las parejas en la hierba alta

y la sífilis ronda bajo los bananeros



¡ Ven a la islas perdidas del Pacífico!

Se llaman Fénix, Marquesas

Borneo y Java

y Célibes con forma de gato.



No podemos ir al Japón

¡ Ven a Méjico!

En sus altiplanicies florecen los tulipaneros

Las lianas tentaculares son la cabellera del sol

Se hablaría de la paleta y los pinceles de un pintor

Colores fragorosos como gongs,

Allí estuvo Rousseau

Allí deslumbró su vida

Es el país de los pájaros

El pájaro del paraíso, el ave lira

El tucán, el sinsonte

Yel colibrí anida en el corazón de los lirios negros

¡Ven!

Nos amaremos en las majestuosas ruinas de un templo azteca

Tú serás mi ídolo

Un ídolo abigarrado infantil un poco feo y extrañamente raro

¡Oh ven!



Si quieres iremos en aeroplano y volaremos sobre el país de los mil lagos,



Allí las noches son desmesuradamente largas

el antepasado prehistórico tendrá miedo de mi motor

aterrizaré

Y construiré un hangar para mi avión con los huesos fósiles de mamut



El fuego primitivo recalentará nuestro pobre amor

Samovar

Y nos amaremos muy burguesmente cerca del polo

¡Oh ven!



Juana Juanita Ninita nita tetita ninón

Mi chiquita mi cosita mi tesoro mi Perú

Arroró gurrumina

Pompón mi bombón

Mi preferida corazoncito

Nenita

Querida gatita

Mi lindo pecadito

Chuchita

Cucú

Se durmió



Se durmió

Y no se engulló ni una sola de todas las horas del mundo

Todos los rostros vislumbrados en las estaciones

Todos los relojes

La hora de París la hora de Berlín la hora de San Petesburgo

y la hora de todas las estaciones

Y en Ufa, el rostro ensangrentado del artillero

Y la esfera tontamente luminosa de Grodno

Y el eterno avance del tren

Todas las mañanas se ponen en hora los relojes

El tren adelanta el sol atrasa

No le hace, oigo las sonoras campanas

La enorme campana de Notre-Dame

La campaneta agridulce del Louvre que convocó la San Bartolomé



Los carillones enmohecidos de Brujas la Muerta

Las campanillas eléctricas de la biblioteca de Nueva York

Las campanas de Venecia

Y las de Moscú, el reloj de la Puerta Roja

que me contaba las horas cuando estaba en una oficina

Y mis recuerdos

El tren retumba en las placas giratorias

El tren rueda

Un gramófono gutural iza una marcha gitana

y el mundo, como el reloj del barrio judío de Praga, gira locamente al revés



Deshoja la rosa de los vientos

Ya zumban las tormentas desencadenadas

Los trenes ruedan en torbellino sobre las redes enmarañadas Baleros diabólicos

Hay trenes que nunca se encuentran

Otros se pierden en el camino



Los jefes de .estación juegan al ajedrez

Chaquete

Billar

Carambolas

Parábolas

la vía férrea es una nueva geometría

Siracusa

Arquímedes

y los soldados que lo degollaron

y las galeras

y las naves

y los prodigiosos artefactos que inventó

y todas las matanzas

La historia antigua

La historia moderna

Los torbellinos

Los naufragios

Hasta el del Titanic que leí en el diario

Otras tantas imágenes-asociaciones que no puedo desarrollar en mis versos



Porque todavía soy un poeta muy malo

Porque el universo me desborda

Porque no me preocupé por asegurarme contra los accidentes de tren



Porque no sé ir hasta el fondo de las cosas

y tengo miedo.

Tengo miedo

No sé ir hasta el fondo de las cosas

Como mi amigo Chagall podría hacer una serie de cuadros dementes



Pero no tomé notas de viaje

«Perdónenme la ignorancia

Perdónenme no conocer ya el antiguo juego de los versos»

Como dice Guillaume Apollinaire

Todo lo que se refiere a la guerra puede leerse en las Memorias de Kuropatkin



O en los diarios japoneses que están tan cruelmente ilustrados

Para qué documentarme

Me abandono

A los sobresaltos de mi memoria...



A partir de lrkutsk el viaje se hizo demasiado lento

Demasiado largo

Nosotros estábamos en el primer tren que rodeaba el lago Baikal



Habían adornado la locomotora con banderas y farolitos

Y dejamos la estación con los tristes acentos del himno al Zar



Si yo fuera pintor vertería mucho rojo, mucho amarillo en el final de este viaje



Pues en verdad creo que todos estábamos un poco locos

Y que un inmenso delirio ensangrentaba

las nerviosas caras de mis compañeros de viaje

Cuando nos acercábamos a Mongolia

Que retumbaba como un incendio.

El tren había disminuido su marcha

Y en el perpetuo rechinamiento de las ruedas percibía

Los acentos locos y los sollozos

De una liturgia eterna.



He visto

He visto los trenes silenciosos los trenes negros que volvían

del Lejano Oriente y que pasaban como fantasmas

y mi ojo, como el fanal de popa, aún corre tras esos trenes

En Talga agonizaban 100.000 heridos por falta de cuidados

Visité los hospitales de Krasnoiarsk

y en Jilok nos cruzamos con un largo convoy de soldados locos





En los lazaretos vi llagas abiertas heridas que sangraban a rabiar

los miembros amputados danzaban en derredor

o alzaban el vuelo en el aire ronco

El incendio se hallaba en todas las caras en todos los corazones

Dedos idiotas tamborileaban sobre todos los vidrios

y bajo la presión del miedo todas las miradas

reventaban como abscesos

En todas las estaciones quemaban todos los vagones

y he visto

He visto trenes de 60 locomotoras que huían a todo vapor

perseguidas por los horizontes en celo y bandas de cuervos

que alzaban el vuelo desesperadamente tras ellos

Desaparecer

En dirección de Port-Arthur.

En Tchita tuvimos algunos días de respiro

Detención de cinco días debido a la obstrucción de la vía

Los pasamos en casa del Señor Yankelevitch

que quería darme a su hija única en matrimonio

Luego volvió a partir el tren.

Ahora me había instalado yo en el piano y me dolían los dientes



Cuando quiero vuelvo a ver ese interior tan tranquilo el

negocio del padre y loS ojoS de la hija que de noche venía a mi cama



Mussorgsky

Y los lieder de Hugo Wolf

Y las arenas del Gobi

Y en Jailar una caravana de sombreros blancos

Realmente creo que estaba ebrio durante más de 500 kilómetros

Pero estaba en el piano yeso es todo lo que vi



Cuando se viaja habría que cerrar los ojos

Dormir

Hubiera deseado tanto dormir

Reconozco todos los países con los ojos cerrados por su olor

y reconozco todos los trenes por el ruido que hacen

Los trenes de Europa son de cuatro tiempos mientras que los

de Asia son de cinco o siete tiempos

Otros van en sordina son canciones de cuna

Hay algunos que por el ruido monótono de las ruedas

me recuerdan la pesada prosa de Maeterlinck

He descifrado todos los textos confusos de las ruedas y

reunido los elementos dispersos de una violenta belleza

Que poseo

y que me acosa.

Tsitsikar y Jarbín

No voy más lejos

Es la última estación

Me apeé en Jarbín cuando acababan de prender fuego a las

oficinas de la Cruz Roja



Oh París

Gran hogar cálido con los tizones entrecruzados de tus calles

y tus viejas casas que se inclinan sobre ellas

y se recalientan Como abuelas

y aquí hay anuncios, rojo verde multicolores como mi pasado en suma amarillo



Amarillo el arrogante color de las novelas de Francia en el extranjero



Me gusta frotarme con los ómnibus en marcha en las grandes ciudades

Los de la línea Saint-Germain

-Montmartre me llevan al asalto de la Butte

Los motores mugen como los toros de oro

Las vacas del crepúsculo pastan en el Sagrado Corazón

Oh París

Estación central andén de las voluntades encrucijada de las inquietudes

Unicamente los droguistas aún tienen un poco de luz sobre su puerta



La Compañía Internacional de Wagons-Lits y de los

Grandes Expresos Europeos me envió su prospecto

Es la iglesia más hermosa del mundo

Tengo amigos que me rodean como pretiles

Cuando parto tienen miedo de que no vuelva más

Todas las mujeres que conocí se alzan en los horizontes

Con los gestos lastimosos y las miradas tristes de los semáforos bajo la lluvia



Bella, Inés, Catalina y la madre de mi hijo en Italia

y aquélla, la madre de mi amor en América

Hay gritos de sirena que me parten el alma

Allá lejos en Manchuria un vientre se estremece todavía como en un parto



Querría

Querría no haber hecho nunca mis viajes

Esta noche me atormenta un gran amor

Ya pesar mío pienso en la pequeña Juana de Francia.

Fue en una noche de tristeza cuando escribí este poema en honor



Juana

La pequeña prostituta

Estoy triste estoy triste

Iré al «Conejo ágil» a recordar mi juventud perdida

y tomar unas copitas

Luego volveré solo

París

Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda

París, 1913


10/11/08

NUEVO BLOG: TODO POEMAS CON VOZ (picar aquí)


OS INVITAMOS A NUESTRO NUEVO BLOG, TODO POEMAS CON AUDIO.

11/9/08

MISA DEL ÁRBOL

Al despegarse del árbol tomó por la callejuela, que iba empinada y en tramos y hechas con baldosas rudas. Al rato, pasaban las mujeres; jóvenes y viejas eran iguales bajo los negros hábitos y la trenza.
Al que las partía por la mitad desde la nuca al ano.
Vio que eran flacas como bien sabía. Con pechos gruesos, aunque no se veía. Algunas los llevaban sueltos y expuestos. Había tenido varias. Esa tarde iba de caza, también. Ellas, como siempre, no lo miraban. El sol estaba aún radioso.
De pronto, una se perfiló en la altura, luego se puso de frente y empezó a bajar. Él empezó a esperarla. Como si hubiese salido a esperar a Una.
Cuando Una estuvo más cerca, se encandiló. Se dijo: -Quiero atrapar a Una.
Ella pasó delante de él y para mejor vio que bajo el pollerón negro, relampagueaba una enagua de papel rosado. Los vuelos de la enagua hacían un bisbiseo, un susurro. Como si la enagua fuera el diablo. -Una -le dijo- Venga a mí, coneja, señora Una. Venga al árbol.
A las veras estaban los tazones, (del tiempo de las reinas), era porcelana transparente, con un zapallo dentro, una albahaca, un cebollón emperlado. Él vio eso vagamente, como si todo hubiese quedado ya sin precisar.
Señora Una miraba en otro jarrón y miraba mucho:
-Tiempo Violena, dijo. Y él no añadió nada. Pero adentro de eso, del jarrón, iba una caballa con caracolillos insertos que se la comían viva. Tal vez, dijo él, esto a la señora caballa dé placer. Es casi seguro que los caracolillos, al comerla, hacen de maridos.
(Y ¿cómo habría nacido esa caballa? ¿Habría llovido? No lo percibió).
La pálida mujer opinó que sí, que la señora caballa tendría gusto en eso. Que ella era de buen oído y la oía gemir.
Su cara era en forma de almendra. Llevaba desde la oreja colgada la consabida cuchara de té. Es una virgen, entonces. Qué almíbar. Pero, no dejó de temer.
-Venga, señora. El árbol está cerca. Allá podrá quitarse los negros velos, decía sin sacar ojo de lo que había debajo, el revoltijo hechizado, el vuelo de las hortensias.
Con leves pies ella iba saltando hacia abajo, al parecer, justamente adónde él ansiaba llevarle. ¡Con qué facilidad la traigo! se decía.
Le dijo llamarse Manto -mintió como siempre, sonrió para sí- y tener una maravilla para ella.
Tendió los dedos y tocó la gasa incendiada, volante. Ella se estremeció. Como si la hubiese tocado allí adentro.
Las jarras con flores y gruesas caballas se sucedían a los costados.
Él iba un poco detrás de Una (sin comprometerse) que no hablaba casi nada; a ratos, se mordía los labios.
Comenzó, como era lógico, a anochecer.
-Es raro que no pase más nadie -comentó ella y fue lo único que habló durante todo el rato.
-Es una suerte, pensó él.
En realidad, parecía haberse acabado ya todo, de un modo singular.
Él, algo perplejo, indicó: -Llegamos a mi habitación. Es allí. Es esa planta.
Ella se dirigió a la planta como si la conociese, estuviera segura de algo. Quedó de pie. El viento le levantó el vestido, se lo llevó cerca del óvalo y quedó fuera la enagua rosa, el color de las fresias.
Pero, ¿qué significa todo eso?
Él ordenó con una sonrisa arriba del bigote:
-Arrodíllese, señora. Oremos. Es bueno rezar antes. Porque después se peca tanto. Que a eso vinimos. Como usted sabrá. A pecar. La miró. Ella asintió apenas.
Así se hizo; rezaron un poco. Señora Una parecía de almendra, que le hubiesen quitado la piel marrón y estuviese blanca y expuesta.
Él le preguntó: - ¿Le duele algo? ¿Está bien, señora? ¿No tiene padres?
Sobre esto escuchó.
A todo respondía vagamente, con un leve movimiento de boca que no se sabía que era. En un instante tuvo intenciones él de deshacerse ese fardo místico, que se fuese por la escalinata, por el aire de donde había surgido.
El árbol se iba entretanto prendiendo despacio, se iba volviendo de hilos rubí; se le aparecían unas pajarillas rígidas, apenas vivas, que movían apenas la cabeza, y eran de todos colores, a cuál más luciente. Y entre ellas unas varas rectas de azul violeta con globos lilas. Todo rígido y resplandeciente.
Querida Una estaba tendida en la mesa; era en el pasto pero parecía la mesa, como esperando el regalo, sin mayor apuro ni sorpresa.
Él tironeaba de la enagua en flor advirtiendo con espanto, que la enagua procedía de ella; estaba hecha de la misma leve carne, sujeta con pedúnculos vivos a todo el cuerpo.
Era una gran enagua sexual, todo de ovarios, todo de clítoris recios, como pimpollos de rosas rojas en hilera.
-Está usted colmada... Hay muchos, varios, le decía él, triste -sin saber por qué- y gozosamente. buscaba enceguecido entre todo, entre todo el vuelo, el nervio central que atacar.
Lástima que ella no guiase en nada. Era terrible aquel delantal.
Y el árbol que se hacía inminente, que casi estorbaba con su mascarilla. ¿Por qué se habría puesto así tan guarnecido y tan rígido?
La almendra tendida en el piso esperaba. Quizá qué. Él escudriñó el viso hecho de rosas moradas. La luz del árbol caía sobre las rosas. En el árbol se encendían lirios catedralicios, que no ayudaban en nada. Al contrario.
La trenza de ella se había deshecho secretamente. Estaba todo el pelo bajo de ella como una frazada de seda.
¡Qué momentos!
Él le preguntó si no había estado casada. Ella le contestó que muy poco, un rato.
¿Cómo muy poco? ¿Cómo un rato?
-Un ratito. Y hace mucho, mucho, señor. Agregó Una.
Él buscó con su cuchillo sexual entre todo lo del viso buscando la almeja céntrica. Ella se estremecía como si la hubiese atado al cielo.
Pero a la vez parecía lejos como si no fuese ella. Él pensaba como siempre. Habrá tenido otros maridos. Todas tienen. Y le buscó la caravana que ya no estaba, tal si ella dijese: Ahora, sí, la quito.
Este detalle leve apresuró a él, la acomodó a su gusto, a su interés, ella caía de espaldas, se quedaba como de papel. Las manos se le volvían ramos.
En ese instante surgió lo que buscaba. Las dos valvas crípticas, perfumadas y de grana; tuvo miedo que se le esquivasen otra vez entre los tules y demás cosillas de fuego de la enagua. La sujetó bien e hincó el puñal. Ella dio un leve ay. El pimpollo hizo un leve plop como si se cruzaran dos papeles.
Había desde el árbol un sonido.
Ella parecía ajena a todo. Pero seguía viniendo un leve rumor de pericos y de lirios.
-¿No escucha nada? dijo él. ¿Es todo de flor, señora? Acabo de comerle la rosita. ¿Le gustó? Veo que tiene muchas.
Vaciló. Subió a mirarle los senos. Se había olvidado de eso que nunca olvidaba; miró. Grosos, bellos. Y habían quedado fuera. Con ellos no copuló.
Le miró la cara que se mecía un poco. Estaba dormida. Tenía un ojo cerrado. El otro ojo confuso y abierto, le decía: Prosiga señor, no siga. Señor, prosiga.
Él miró el árbol, rojo de misa. Era incomprensible, pero dudaba. ¿Sentarse otra vez a seguir? Cruzó la callejuela, y como no supo bien que hacer, miró los vasos (de un tiempo de reinas), en unos salía la flor de zapallo y seguía viaje. En otro bogaba una caballa pasada por un pez largo.

27/5/08

EL EFECTO DOMINÓ (Cuento)

Premio Nacional Universidad Central del Este
-¡Y mis piernas, Dios mío, dónde diablos están mis piernas!
El Garfio Matías se despertó esa mañana sobresaltado, en la penumbra del cuarto, tras descubrir, bajo la luz mortecina que despedía la sábana blanca, que en efecto, ese vacío percibido después de las rodillas, era la falta de las piernas. Por lo agrio del paladar y el olor turbio y alucinante de los somníferos dedujo que la noche en que lo acostaron en esa cama, que por cierto no era la suya, no había sido la noche anterior sino una más lejana, y el intentar recordarla le produjo un mareo, como si en la memoria se le apiñaran las sombras.
Haciendo un esfuerzo después de volver en sí, se reclinó y despacio rodó el extremo inferior de la sábana quedándose un rato como seco, contemplando el horroroso paisaje de los desnudos muñones, aún sangrantes, sin notar el alambre con que uno de ellos estaba envuelto más arriba de la rodilla.
Una luz lo encegueció de repente al abrirse una puerta que hasta entonces había estado perdida en la oscuridad. Una pareja entró. El Garfio Matías intentó hacerse notar con un grito y sólo alcanzó a murmurar en un tono suplicante, como pidiendo un perdón que él concebía inalcanzable, el nombre de quien él creía y siguió creyendo hasta morir que era su agresor: Simón, Simón Suárez. Luego se quedó dormido con los ojos abiertos como dos escollos en el agua oscura de su mirada muerta.

El caso de Simón Suárez ocurrió la noche antes de que el Garfio persiguiera a la enfermera. Esa noche dormía en la casa de su hermanita cuando Paco, su compañero de fechorías, lo llamó por la ventana para decirle que le tenía un regalito. Paco lo llevó en su carro hasta el sótano de su bodega. El lugar estaba oscuro y se escuchaban ratas entre las cajas. Las ratas callaron cuando encendieron una bombilla de luz pobre que colgaba del techo manchado de humedad. Justo detrás del cajerío, clavado en la pared como un Cristo, estaba el regalito —el hombre que los había delatado a la policía varios años atrás cuando entre los tres asaltaron una joyería en al Alto Manhattan y por el cual el Garfio tuvo que esconderse durante largo tiempo hasta que se enfriara el caso—, el chota, el hijo de puta de Simón Suárez. Después de batearlo hasta dejarlo inconsciente, lo picaron vivo con una sierra eléctrica y lo enfundaron en varios shopping bags. Esa misma noche lo distribuyeron a todo lo largo del hardway del río Hudson.
Al otro día, el Garfio Matías se levantó con bríos renovados. “Muerto el perro se acabó la rabia”, pensó al abrir la ventana y dejar pasar la luz del sol que dibujaba otra ventana sobre la cama, pero vacía, sin edificios detrás de su cuadrado amarillo. Mandó a su hermanita Amarilis por una comida china, y se pasó la mañana oyendo La Mega, y jugando con unas fichas de dominó. Las colocaba una detrás de la otra, luego derribaba la primera y gozaba al ver caer a las demás, una por una, dejando en el aire el sonido del tableteo.
A eso de las dos de la tarde, después de perfumarse con aceites de árabes, se dirigió a la esquina a esperar a la enfermera Teresa, a la cual venía vigilando desde varios días después que su hermanita le confesara que el marido era una mierda.

—¿Qué dijo?
—Simón, quizás. Debe de estar delirando— dijo la mujer.
—¿Ya le amarraste el alambre?
—Unjú.
—¿Y cuándo vamos a cortarle el otro pedazo?
—Todavía no está de cortar— aseguró la mujer mientras hundía sus dedos en el muñón gangrenado por el alambre, como si fuera un aguacate.
Cubierto por las tiniebla desconocidas que se apartaban al soplo de la luz, quietecito sobre la cama hedionda a su propia peste, el Garfio Matías sabía que estaba solo y perdido en aquella habitación. Lo supo al recordar la tarde que persiguió a la enfermera Teresa por toda la cuadra, al salir de la casa de su hermanita, donde se escondía. Se detuvo en la esquina siguiente y se quedó un momento mirándola con lujuria, comiéndole con los ojos las caderas deliciosas a la enfermera que, a la sazón, estaba casada con un camionero fortachón e impotente según le había comunicado su hermanita Amarilis, pues ella lo intentó con él un día que estaba corta de dinero para pagar el alquiler de la casa, y el camionero se volvió un sebo cuando el cuerpecito de Amarilis lo envolvió como una culebrita pasándole la lengua hasta por abajo. “Y ni de gallo lo echa, Garfio, el tipo es una mierda”.
El Garfio Matías cruzó la calle en espera de que la enfermera abriera la puerta del edificio. Ella vivía en la quinta planta. Después corrió hasta alcanzar el vagón del ascensor. Se paralizó nervioso de deseo hasta que, de súbito, de varios manotazos, la amarró con sus brazos bajándole los pantalones, y ella se quedó tranquila como en espera de algo deseado desde siempre. La besó, y ella hasta le removió la lengua con un resoplido de yegua en calor, y le llegó a susurrar al oído con voz trémula pero decidida: “Hazlo”.

La tarde que el camionero Salas halló a su mujer chillando de gusto por las embestidas brutales de su seductor, el Garfio Matías, fue una tarde sin importancia salvo por un fallo en el mecanismo del camión que le obligó a suspender el viaje previsto de entrega de mercancías, regularmente flores y materiales ornamentales, que lo ausentaría por una semana. El calor era extenuante. Salió del taller con la franela sudada y perseguido por el ruido ensordecedor e irritante de los golpes de hierro que producían los mecánicos. Tomó un taxi en la avenida Amsterdam y al cruzar el puente de la 207, rumbo a su apartamento en el Bronx, recordó a su prima Manuela, la única mujer que había amado realmente y por la cual, cada vez que se acercaba a su cuadra, le llegaban largos ramalazos de nostalgia que él lograba disipar con los recuerdos. Manuela lo había iniciado en las artes amatorias. Eso fue en la adolescencia. Vedado por su madre, doña Patricia de la Cruz, una fanática religiosa, el muchacho no conocía aún el placer secreto de la masturbación, y cuando este tema salía a colación de la boca de algunas de las amigas que lo pellizcaban en el patio de la iglesia, era duramente criticado por la madre, quien se había encargado de sellar con una lápida de acero todo lo referente a los asuntos sexuales, llamándolos “obras de Satanás, el diablo”.
Pero al llegar Manuela a la casa —una negrita enferma de lupus que siempre escondía bajo el olor del polvo talco ese otro olor fétido de las supuraciones que brotaban junto a virutas de carne muerta por las heridas casi imperceptibles de su enfermedad— todo el panorama cambió por completo para el muchacho. A espaldas de la madre, la negrita se encargó de entrenarlo tras las puertas, en el baño del patio y en la oscuridad de los armarios, en todas las formas y números que había aprendido en el campo, en las veredas rumorosas del río y en los altos pastizales. Por esta razón, inconsciente pero firme, ese hedor de la carne muerta, característico de la negrita, lo marcó toda su vida, hasta tal punto que le era difícil, para no decir imposible, tener relaciones con una mujer sin contar con ese necrófilo hedor afrodisíaco.
Cuando el taxi lo dejó frente al edificio, se detuvo un instante a contemplar la luz del día que ya derribaba la sombra del lugar sobre la calle, y se sintió extraño y un poco desorientado a esa hora, porque regularmente llegaba de noche y salía de madrugada. Tomó el ascensor. Mientras abría la puerta del apartamento escuchó unos gemidos que, al principio, parecían salir de algún rincón del pasillo; después, al abrir la puerta por completo se sintió desconcertado: los gemidos venían de su habitación. Lo primero a que atinó, después de cerrar la puerta, fue en ir a asistirse de un filoso machete que guardaba en la cocina, por si lo que estaba ocurriendo era una violación, pues en esos días había escuchado la noticia de que andaba un violador en esa área de El Bronx. Machete en manos, tembloroso a causa de los nervios, con la frente granulada de sudor, fue y movió despacio la puerta de la habitación y al reconocer al Garfio de espaldas sobre su mujer, palideció. Todo el cuarto se saturó de un humo terrorífico. El aire sonaba agrietado de gemidos, de susurros, de monosílabos que crecían como árboles insalvables en el desierto de su conciencia. Transcurrió un instante tan breve como el tiempo que tardó una gota de sudor en rodar por su frente hasta estrellarse contra la franela. Luego dio un salto y lo embistió cortándole de cuajo los pies que sobraban en el borde de la cama. El Garfio Matías pataleó sorprendido un largo rato hasta que la falta de sangre lo tendió en un rincón, envuelto en el estropicio de su propio cuerpo; mientras la enfermera, dando gritos, presa de angustia, trataba de detener con sus propias manos la furia de su marido. Poco después, exhausto y abrumado, el camionero Salas desistió de su intento de picar como una zanahoria a su rival. Arrojó ya sin furia el arma ensangrentada sobre la cama, se dirigió al baño y después de lavarse, se sacó la franela enjugada en sudor y la cambió en el armario por una camisa a cuadros. Salió dejando tras de sí una estela de silencio. En vez del ascensor tomó las escaleras. Cada peldaño ganado le parecía como saltar hacia un abismo por donde caería para siempre sin posibilidad de regreso. Caminó varias cuadras hasta la cafetería del chino donde, después de poner en la vellonera de compact disc la bachata “Que me la pegue, pero que no me deje”, pidió una cerveza Presidente. El primer trago fue largo y amargo, pero le pudo enfriar el pecho donde su corazón aún latía ansioso de arremeter contra todo.

La enfermera Teresa, con una mezcla de temor y compasión, le dio los primeros auxilios al Garfio Matías, haciéndole un torniquete en las piernas taladas. La hemorragia se detuvo. Lo acostó como pudo y le inyectó un calmante hasta poder aclarar sus pensamientos y tomar alguna determinación.
Tres días pasaron antes de que llamaran a la puerta. La enfermera, que ya había asistido al hospital retomando su rutina diaria para no levantar sospechas, se sobresaltó de pronto. Al mirar por el ojo mágico se calmó: unos hombres sostenían en hombros a su marido. Abrió y les pidió que se lo acostaran en el mueble de la sala. El camionero Salas, vomitada y rota su camisa a cuadros, noqueado por el alcohol, ahora exhibía en el pecho un tatuaje que rezaba: “Te quiero Teresa”. Esto removió en lo más íntimo del alma de la enfermera esa brizna de sumisión compasiva con que ella le había amado a pesar de su impotencia. Lo bañó pasándole una toalla con alcohol, le puso bolsas de hielo en su parte y le hizo beber café amargo. Pero lo que realmente lo hizo reaccionar, después de unos días, fue ese hedor vago y silencioso que provenía de algún lugar del apartamento. Se levantó trabajosamente y al abrir el armario descubrió, ya en estado de descomposición, los pies del Garfio Matías. Su mujer llegaba en ese momento cuando el camionero, babeante, la desnudó de un zarpazo y, lanzándola sobre el sofá, la poseyó como nunca antes. Al terminar, el camionero le confesó su horripilante obsesión por el hedor de los cadáveres, contándole lo de la negrita de su adolescencia. La enfermera halló en esto una salida macabra para la solución del problema, pues el Garfio Matías seguía con vida en la habitación. Acordó con su marido ir destazando el cuerpo de su efímero amante, y después de usar el hedor en las noches amatorias, ella se encargaría de dejar los pedazos, con discreción, en una bóveda vacía de la morgue del hospital.
Así lo hicieron.
Los primeros pedazos del pobre Garfio fueron a parar precisamente al lado de la bóveda donde la policía mantenía helado, en procura de ser reclamado por sus familiares, el cadáver reunido de Simón Suárez, encontrado en varios shopping bags en las márgenes del río Hudson.

14/4/08

PROMETEO

De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.
Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.
De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.
Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.
Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.
Solo permaneció el inexplicable peñasco.
La leyenda pretende descifrar lo indescifrable.
Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.


DE NOCHE

¡Hundirse en la noche! Así como a veces se sumerge la cabeza en el pecho para reflexionar, sumergirse por completo en la noche. Alrededor duermen, los hombres.
Un pequeño espectáculo, un autoengaño inocente, es el de dormir en casas, en camas sólidas, bajo techo seguro, estirados o encogidos, sobre colchones, entre sábanas, bajo mantas; en realidad se han encontrado reunidos como antes una vez y como después en una comarca desierta: Un campamento al raso, una inabarcable cantidad de personas, un ejército, un pueblo bajo un cielo frío, sobre una tierra fría, arrojados al suelo allí donde antes se estuvo de pie, con la frente contra el brazo, y la cara contra el suelo, respirando pausadamente. Y tú velas, eres uno de los vigías, hallas al prójimo agitando el leño encendido que cogiste del montón de astillas, junto a ti. ¿Por qué velas? Alguien tiene que velar, se ha dicho. Alguien tiene que estar ahí.

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bién quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo mas acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

UN GOLPE A LA PUERTA DEL CORTIJO


Fué un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos frente a la puerta de un cortijo que estaba en el camino de regreso a casa. No sé si golpeó esa puerta por travesura o distracción. no sé si tan solo amenazó con el puño sin llegar a tocarla siquiera. Cien metros mas adelante, junto al camino real que giraba a la izquierda, empezaba el pueblo. No lo conocíamos, pero al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente después de la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos unas señas amables o de advertencia; estaban asustados, encogidos de miedo. Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar el golpe contra la puerta. Los dueños nos denunciarían e inmediatamente comenzaría el sumario. Yo permanecía calmo, tranquilizaba a mi hermana. Posiblemente ni siquiera había tocado, y si en realidad lo había hecho, nadie podría acusarla por eso. Intenté hacer entender esto a las personas que nos rodeaban; me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio alguno. Después dijeron que no sólo mi hermana sino también yo sería acusado. Yo asentía sonriente con la cabeza. Todos volvíamos nuestra vista atrás, hacia el cortijo., tan atentamente como si se tratara de una lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio. Lo que pronto vimos, en realidad fue a unos jinetes que entraron por el portón del cortijo. Una polvareda al levantarse, lo cubrió todo; solo brillaban las puntas de las enormes lanzas. Apenas la tropa había desaparecido en el patio, cuando debió, al parecer, hacer dar vuelta a sus corceles, pues volvió a salir en dirección nuestra. Aparté a mi hermana de un empellón, yo me encargaría de poner todo en orden. Ella no quiso dejarme solo. Le expliqué que para que se viera mejor vestida ante los señores debía, al menos, cambiarse de ropas. Por fín me hizo caso e inició el largo camino a casa. Ya estaban los jinetes junto a nosotros y casi al tiempo de apearse preguntaron por mi hermana. "No está aquí de momento" fue la temerosa respuesta, "pero vendrá mas tarde". La contestación se recibió con indiferencia. Parecía que ante todo, lo importante era haberme hallado. Destacaban, de entre ellos, el juez, un hombre joven y vivaz, y su silencioso ayudante llamado Assmann. Me invitaron a pasar a la taberna campesina. Lentamente, balanceando la cabeza, jugando con los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas severas de los señores. Aún creía que una sola palabra sería suficiente para que yo, que vivía en la ciudad, fuese liberado, incluso con honores, en ese pueblo campesino. Pero luego de atravesar el umbral de la puerta, pude escuchar al juez que se acercó a recibirme: "Este hombre me da lástima". Sin duda alguna, no se refería con esto a mi estado actual sino a lo que me esperaba en el futuro. la habitación se parecía mas a la celda de una prisión que a una taberna rural. De las grandes losas de la pared, oscura y sin adornos, pendía, en alguna parte, una argolla de hierro, y en el centro de la habitación algo que era medio catre y medio mesa de operaciones.
Podría yo respirar otros aires que los de una cárcel?. He aquí el gran dilema. O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema, si yo tuviera alguna perspectiva de ser dejado en libertad.

FRANZ KAFKA

Nació en Praga el 3 de Julio de 1883, hijo de una acomodada familia de comerciantes pertenecientes a la minoría judía de lengua alemana. A los 23 años obtiene el título de Doctor en Derecho y trabaja como empleado en varias compañías de seguros.
La sombría imagen de un ser permanentemente angustiado y triste es legendaria y totalmente incierta. Kafka era un ser alegre, bromista, cordial y profundamente comunicativo. Fue dueño de una vigorosa alegría de vivir y enfrentó con poderosa fuerza interior las angustias de su difícil vida familiar.
El 3 de Julio de 1924, muere , víctima de tuberculosis en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena.
Su mas intimo amigo, el crítico y escritor Max Brod, hace caso omiso de su última voluntad y en lugar de destruir sus obras, da a conocer al mundo su genio literario, ya manifestado en La Metamorfosis (1915) a través de la publicación de El Proceso (1925), El Castillo (1926) y América (1931).

5/4/08

SALMO


Le creo al viento un pecho, una cadera sobre la que apoyarme. Creo al rechazo un rostro que con el mío comparo. Me sirvo de las nubes cual cuadernos y tinta. Lavo la claridad.

El cielo tiene lóbulos que corto, y las lágrimas, hojas sobre las que yo escribo, las amapolas, galas que me visten, y los pinos, cintura que me ríe. Sin encontrar a nadie a quien amar, ¿es demasiado, muerte, que me ame a mí mismo?

Me auto-acuno. Mis senderos yo creo de mis dedos y dispongo el espacio en circular, lo mismo que mis ojos. Invento un agua que no me sacie nunca. Igual que el aire soy, sin leyes qué acatar. Creo un paraje donde convergen infierno y paraíso. Invento otros demonios con quienes yo compito en carreras y apuestas.

3/4/08

SIRVE PARA LA VIDA

No sirve para alcanzar el poder, pero sirve para responder al poder con sentimientos cercanos. No sirve para vivir, pero la poesía vive con las palabras. No sirve para enseñar a nadie
nada, pero sirve para mostrar lo que acontece por el mundo. No sirve para matar, no sirve para morir, no sirve para rezar ni para jugar con fuego. Pero sirve para emocionar, para vivir en otros cuerpos, para reflexionar y sentir la belleza y hondura de las palabras que nos explican cómo somos.

No sirve para amar, no sirve para gritar, no sirve para llorar, pero sirve para sentir el deseo, para alzar la voz en silencio, para que su tristeza te atraviese el pecho. No sirve para liberar a nadie, no sirve para juzgar a nadie, no sirve para lograr la paz. Pero sirve para hablar con libertad, para proclamar la inocencia de las cosas, para rebelarse contra la locura de la historia.

No sirve para bailar, para emborracharse. Pero sirve para celebrar la vida, para embriagarse de otros sentidos, para moverse por otros lugares. No sirve para la muerte. Sirve para la vida. Da vida a los muertos y nombra lo que a menudo no tiene nombre. Es nada, pero al final sirve.

Sirve para llevar a Dios a misa. Para que la primavera camine al mercado entre panaderías y palomas. Para que a la mesa lleguen recién casados los sabores del mar y de la tierra. Para que las gaviotas repartan el aroma de la rosa en las arenas. Para salir a todas las calles del mundo a repartir pescado. Para saber por quién la lluvia y los pájaros del mar llorarán mañana.

Para que hablen los pueblos por su canto. Para dar con todos los azules de la tierra hacia la luz total de nuestras cosas. Para darle la mano a las manos temblorosas de la lluvia e irse cantando entre la dicha y la dureza, la cólera o ternura. Sirve para saber que no tenemos más remedio que vivir, ni más recuerdo que la vida. Para decidir dónde plantar los árboles, de nuevo. Para dejar escrito en la piedra el sueño del domingo.

Sirve para que ni un hombre pase sin que reine y sigan naciendo hasta llenar el mundo, sin que nadie los divida sino el sol o la noche, la lluvia o las espigas. Para que el mundo se pueble de palomas. El hombre recuerde las sombras que nadó hasta que quiera saltar al agua para caer al cielo.

Sirve para distribuir las flores del mañana e ir galopando en el viento sobre el caballo de la lluvia. Para abrir cajones, llenar platos, destapar versos y botellas, hasta que alguna vez si ya no somos, si ya no vamos ni venimos, estemos juntos, extrañamente confundidos, sirviéndole a la vida. (Poesía, Sociedad Anónima).


LIBRÉMONOS

Del poeta que escriba en menguante. Del sol que caliente la miseria. De la antigua procesión de hojas marchitas. Del virginal destierro sin regreso. Del zorro tiempo que cosió el silencio. De las vergüenzas, los odios, los bisiestos años. De los millones, billones o trillones de justos. De sus escombros, sus heces, sus herbajes. De los hombres buenos, fraternos o pendejos. De las rojas calificaciones del rocío. De la criptografía de los espías. Del aurinegro estiércol de los diablos. De los fatídicos cálculos arábigos.

¡Librémonos!

De los escupitajos. De los mortecinos ecos de una infancia hueca. De lunas distraídas, putrefactas. De la antigua costumbre de ir por las laderas del hocico de algún pan sin nombre y apellido. De los cimientos, aleros o gargantas donde los helechos ocultan las crecientes y clinejas. De alguna vez sin sombra. De esos ojos que se van poniendo chinos de puro sentimiento muerto.

¡Librémonos!

De la brisa muda, confundida, agazapada. De la herida lágrima del beso de la puerta. Del llanto aguacero del payaso de los pájaros. De las simas infernales de la hormiga. De algún día sin noche. Del eterno aprendiz de pordiosero, de poeta. De ser tan sólo trapo viejo de cocina esenia. De la marginalidad de la mordaza. De la ciudadanía de la maleza. De la confusión de los espíritus. De las malas tintas, trinitarias, con pereza azulmarina. Del alegre gasto de hojillas, saludos, palabras y regresos.

¡Librémonos!

De los relojes de los largos sueños. De los gestos, los cantos, cuernos, cuentos y coros de la tarde. De las viejas arenas del río. De las azules piedras del mar, sus costados y quebrantos. De mirar sin miedo a maltratar al ciego. Del hórrido graznido de un auricular espía. Del sol, la luna y las estrellas. De la luz que fue hecha. Del desorden sacrosantamente público. De los orinocos de la angustia básica. De la andanza de los cristos encarnados, truculentos.

¡Librémonos!

Del pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los sinsontes. Del hueso gustero. Del mañanero pedazo de candela. De la saneada policía embrutecida, envenenada. De la santidad de las semanas. De la conjunta mortandad de los calvarios. De la muda orfandad de los samanes. De los apócrifos pensamientos. De su vigencia escandalosamente moribunda. De tanto malandrín contemporáneo tan lleno de sabor latino.

¡Librémonos!

De alguna lupanaria invasión de los marines. De posesiones, transmisiones, misiones, sumisiones. De agresiones, regresiones, transacciones, conciliaciones o casinos. De las angélicas pasionarias
arenas de las flores y las algas. De quienes juntan casa a casa, y añaden heredad hasta ocuparlo todo. De maquinaciones, de coyundas y de yugos. Del monte sin bramido de ganado. De la economía sin fronteras. De las firmes retiradas. De las mentiras, de las granadas, de las carcajadas.

¡Librémonos!

De los amparos, los desamparos, los roperos, los preparos y reparos. De los trabajos, los dioses y los días. De los bravos, de los buenos, de los feos, de los malos. De los barcos juguetes de garbanzos o gabazos. De las gaviotas de cada día. De la luz eléctrica desinfectante y puta. De quien nos siga, nos hurgue, espere y desespere. Del Eclesiastés. Del Eclesiástico. De los Excelentísimos Señores Superviajeros. De los pasajeros.. De los proverbios, los refranes y los eros. De los cinco o cinco mil panes. De los cinco puntos cardinales de los canastos engrifados por el llanto.

¡Librémonos!

De los canarios, los gallos, los grillos, los cristianos y los trompos tuertos. De cualquier unión patriótica. De cualquier estado hideputa unido, supremo, checo, eslovaco, ecuménico o romano. Del nostradámico naufragio del planeta. Del enfermo pobre. Del remedio caro. Del tramposo viejo. De la hornilla muerta. Del acecho de la sierpe. De la estatua del silencio. Del complejo azucarero del diabético. De las impúdicas raíces cuadradas, literarias. De las impunes rimas estridentes, procelosas, desnudas o atenuadas. Del pus supremo de los viudos y los solos. De la ponzoña, la maleza y la cizaña.
¡Librémonos!

De las Constituciones, los Constituidos y las Constituyentes. De las vulvas quebradas del quebranto. De los suspiros lustrales del torrente. Del delirio augusto en torrencial plegaria. De la sinérgica vacuidad del cosmos. Del lirio y la vagina a la intemperie. Del cante jondo de Dionisio en galla misa. De los Smith, de sus deudas indeseadas, inmorales, indexadas. De los Truman vagabundos de la guerra.

¡Librémonos!

De los racimos del hambre y la miseria. De los ridículos seguros poderosos previsores. De las bárbaras sedes de los deltas del silencio en alta mares crines de arrechera encabritada. De la ansiedad de las pedradas. De virtudes, peines, arañas, alacranes y pañales. De la solemne soledad de los agostos. De la tristeza, esa mierda, compañera insoportablemente legañosa, tiernamente oscura.

¡Librémonos!

De tropezar con un martes trece. Con un caballo loco o un león insomne en fuego. De una madrugada acacia hambrienta. De la corneja al lado adverso del destino. De alguna tristeza ultramarina. Del aullido de la hiena. De la salvaje cabra, del chacal y del hurón. De la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.

¡Librémonos!

Del canto de gallo en aguacero. De la abismal oquedad de la renuncia. Del carcomido silencio en increíble soledad deshabitada. De los toreros muertos, de los huérfanos teteros. De la zocacola, las anhedonias, los pericos. De los fantasmas de Canterville. De los sobrevivientes. De Chernobyl. De las intelectuales escrituras patriarcales pendulares.

¡Librémonos!

Del rap de las hormigas. Del carrousel de las Eduvinas, las Adelas y las Adelitas. De los enanitos verdes. De los traviesos gusanitos. De los políticos paralíticos, sifilíticos. De la escasez del tiempo para el ocio, el vicio y el fornicio. De las mezclas con efectos especiales. De los bebedizos, menjurjes, barbechos y barbascos. De los puercos y los porchettos.

¡Librémonos!

De los contagios del alma. De los rituales. Del limbo y los reptiles. De los cristianos, cristales y vitrales. De los juanes, los moriscos, las trompadas, estallidos y luceros. De los venenosos invidentes. De las tuercas, tutecas, lagartijas y cangrejos. De la tara, las lesiones, sus corotos, tormentos y lecciones. De las guerrillas, las calabazas, los velorios. De las ocurrencias de la muerte. De los ojos abiertos de los ciegos.

¡Librémonos!

Del medio camino de la vida. Del azufre, del agüero, del aojo. De la desnuda mariposa salamandra. De la amapola en luna descubierta. Del tísico pañuelo de la guerra. De consejas, sinagogas, conjuros y consejos. De argucias, fraudes, hurtos, dolos y asechanzas. De echar dado falso, de cargarlo. De caer en el señuelo o en el lazo. Del necio, sus celadas y sandeces. De confundirnos alguna vez de mano, de palabra, de noche o de locura. De lluvia, de casa o de garganta. Del canalla y sus vilezas. De la sangre colorada en desamparo permanente. De acampar algún día en ensangrentado llanto. De tener que cargar con la rosa agusanada sobre el opaco lomo del que nunca fuera.

¡Librémonos!

De la matadura de la memoria voraz que atiza los relámpagos. Del desbocado potro que golpea en el pecho sus chispeantes cascos herrados por el viento. Del vórtice abierto que engulla nuestra esperanza desolada. De la desolladura del barro que seremos. Del errante diluvio de los párpados insomnes. Del estridente relincho del rayo de los pájaros.

¡Librémonos!

De tener que mear sangre en los hocicos de los gusanos o pagar peaje con vinagre de Mahfud. De tener que presenciar el duelo de una telaraña con la lluvia. O el de un colibrí con el sueño de una cerbatana. De tener que oírle a la lluvia un cante jondo. O asistir al entierro de una hormiga virgen. De tener que andar en puntillas sobre un silencio o liberar una estrella de una luz alpina.

¡Librémonos!

De tener que regresarnos de la muerte u oírle al mar sus coruscantes sinfonías de agua. De tener que cambiar de aldea. De que se desteja el encaje del sol enfurecido. De que se desgaje el transido corazón del hombre. De que se desate la noche de la guerra o se zafe el curricán del mar.


¡Librémonos!

De que nos sorprenda el aplauso de un pájaro salvaje o la madre del caracol huyéndole a la pena. De aquél que no conozca la tristeza. De las indómitas fieras de la guerra. De tener que ver los mil cielos sin estrellas. De que el sueño sea el camino de la muerte. De querer en alguna madrugada abrirse una vena o un ojo que nos dé la libertad eterna.

¡Librémonos!

De la resurrección de los fragmentos o pañuelos. De la vespertina ginecocracia de las Juanas, las Luisas, las Marbellas o las Dianas. De los consejos furulentos de las Adrianas. De los Franciscos o Francescos. De los redundantes seudónimos samarkandos o buzualis. De los hijos del padrastro o del Espíritu Santo. De los pastizales, gusanos y barriales. De querer pasarse en los barrancos, los caballos, ventisqueros, tormentas, lodazales. Del lugar de los lugares. De la sombra, la garganta, la correa, los tirantes, los modales. De los pablos, florencias, forelianas, a flor de los destiempos florecidos. ¡De la madre hideputa, pasumecha!

¡Librémonos!

De la sangre encabritada que agoniza en el láudano del fuego. De beberse la luna nueva en un vaso. De la antioxidante pepsicola. De los ingentes supermercados contaminantes, imperiales. De la defectuosa manufactura de los neumáticos criminales. Del desperfecto en el encendido de los motores. Del oropel de las escobas. De las encrucijadas, los sueños rotos, los peligros caros. De un fresno Cardenal desenfrenado.

¡Librémonos!

De la culebra amarilla de la acera en donde guiñan nuestra vida los goznes de los miedos menguados de unos asnos escondidos en los postigos del tiempo, amarrados al fulgor de la garita quejumbrosamente polvorienta de la lluvia en suerte.

¡Librémonos!

De las sombrillas del corazón. Del desierto de las bolsas. De las zapatillas de las brujas. De las gusaneras del Palacio. Del abrazo de un ogro purulento. De un Judas vivo o un Vallejo muerto. Del hambre, digo, del hombre decente, parte de la Religión, ese viejo escondite, guarida de dioses, infiernos y demonios. Del corazón, ese tercer cojón del hombre. Del sidoso divino providente. De los cojones de la Divina Providencia.

¡Librémonos!


2/4/08

LA PIEZA OSCURA


La mixtura del aire en la pieza oscura, como si el cielorraso hubiera amenazado
una vaga llovizna sangrienta.
De ese licor inhalamos, la nariz sucia, símbolo de inocencia y de precocidad
juntos para reanudar nuestra lucha en secreto, por no sabiamos no ignorábamos qué causa;
juegos de manos y de pies, dos veces villanos, pero igualmente dulces
que una primera pérdida de sangre vengada a dientes y uñas o, para una muchacha
dulces como una primera efusión de su sangre.

Y así empezó a girar la vieja rueda —símbolo de la vida— la rueda que se atasca como si no volara,
entre una y otra generación, en un abrir de ojos brillantes y un cerrar de ojos opacos
con un imperceptible sonido musgoso.
Centrándose en su eje, a imitación de los niños que rodábamos de dos en dos, con las orejas rojas
—símbolos del pudor que saborea su ofensa— rabiosamente tiernos, la rueda dio unas vueltas en falso como en una edad anterior a la invención de la rueda
en el sentido de las manecillas del reloj y en su contrasentido.
Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo mordí largamente en el cuello a mi prima Isabel,
en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una edad anterior al pecado
pues simulábamos luchar en la creencia de que esto hacíamos; creencia rayana en la fe como el juego en la verdad
y los hechos se aventuraban apenas a desmentirnos
con las orejas rojas.

Dejamos de girar por el suelo, mi primo Angel vencedor de Paulina, mi hermana; yo de Isabel, envueltas ambas
ninfas en un capullo de frazadas que las hacía estornudar —olor a naftalina en la pelusa del fruto—.
Esas eran nuestras armas victoriosas y las suyas vencidas confundiendose unas con otras a modo de nidos como celdas, de celdas como abrazos, de abrazos como grillos en los pies y en las manos.
Dejamos de girar con una rara sensación de vergüenza, sin conseguir formularnos otro reproche
que el de haber postulado a un éxito tan fácil.
La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época de su aparición en el mito, como en su edad de madera recién carpintereada
con un ruido de canto de gorriones medievales;
el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír avanzar hacia nosotros
mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se enardecía por romper tanto silencio.
El tiempo volaba como para arrollarnos con un ruido de aguas espumosas más rápidas en la proximidad de la rueda del molino, con alas de gorriones —símbolos del salvaje orden libre— con todo él por único objeto desbordante
y la vida —símbolo de la rueda— se adelantaba a pasar tempestuosamente haciendo girar la rueda a velocidad acelerada, como en una molienda de tiempo, tempestuosa.
Yo solté a mi cautiva y caí de rodillas, como si hubiera envejecido de golpe, presa de dulce, de empalagoso pánico
como si hubiera conocido, más allá del amor en la flor de su edad, la crueldad del corazón en el fruto del amor, la corrupción del fruto y luego... el carozo sangriento, afiebrado y seco.

¿Qué será de los niños que fuimos? Alguien se precipitó a encender la luz, más rápido que el pensamiento de las personas mayores.
Se nos buscaba ya en el interior de la casa, en las inmediaciones del molino: la pieza oscura como el claro de un bosque.
Pero siempre hubo tiempo para ganárselo a los sempiternos cazadores de niños. Cuando ellos entraron al comedor, allí estábamos los ángeles sentados a la mesa
ojeando nuestras revistas ilustradas —los hombres a un extremo, las mujeres al otro—
en un orden perfecto, anterior a la sangre.

En el contrasentido de las manecillas del reloj se desatascó la rueda antes de girar y ni siquiera nosotros pudimos encontrarnos a la vuelta del vértigo, cuando entramos en el tiempo
como en aguas mansas, serenamente veloces;
en ellas nos dispersamos para siempre, al igual que los restos de un mismo naufragio.
Pero una parte de mí no ha girado a compás de la rueda, a favor de la corriente.
Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese niño que cae de rodillas
dulcemente abrumado de imposibles presagios
y no he cumplido aún toda mi edad
ni llegaré a cumplirla como él
de una sola vez y para siempre.